‘Muerte del sindicalismo’, un debate necesario.

Como viene siendo habitual en las inmediaciones del primero de Mayo, el debate sobre la situación del sindicalismo (en general) y del papel de las organizaciones sindicales (en particular) vuelve a salir a la luz. Un debate que se presenta como necesario a tenor de la incapacidad mostrada por el movimiento sindical para hacer frente a las políticas que, desde hace tiempo, vienen empeorando la realidad laboral de miles de trabajadores y trabajadoras. Y al que se suma un nuevo factor con la aparición de nuevas formas organizativas impulsadas por trabajadores de distintos sectores al margen de las centrales sindicales existentes.

En nuestra época, la muerte del sindicalismo es proclamada y deseada una y otra vez por teóricos y críticos. Algunos ubicados en el espectro político de la izquierda. Y el que una serie de hechos parezcan confirmarla basta para que la cuestión merezca ser abordada. Al hacerlo deberemos diferenciar si nos referimos a la muerte del movimiento sindical como forma organizativa desarrollada por el movimiento obrero; o de un determinado tipo de accionar sindical, por muy importantes que hayan sido sus logros en el pasado.

En el primer caso, plantear la muerte del sindicalismo supone cuestionar la unión y asociación de los trabajadores, organizados como clase, para la defensa de sus condiciones laborales. Creando espacios permanentes que les permitan fortalecerse en previsión de futuras batallas. “¿quiere esto decir que la clase obrera deba renunciar a defenderse contra las usurpaciones del capital y cejar en sus esfuerzos para aprovechar todas las posibilidades que se le ofrezcan para mejorar temporalmente su situación? Si lo hiciese, se vería degradada en una masa uniforme de hombres desgraciados y quebrantados, sin salvación posible. (…) la necesidad de forcejar con el capitalista acerca de su precio va unida a la situación del obrero, que le obliga a venderse a sí mismo como una mercancía. Si en sus conflictos diarios con el capital cediesen cobardemente, se descalificarían sin duda para emprender movimientos de mayor envergadura.”1

Es en el segundo caso donde la cuestión suele enredarse. Uno de los argumentos que aparece de forma recurrente al hablar de la crisis de los sindicatos es la falta de adaptación de estos a los cambios en el sistema productivo. Argumento que sirve de base para teorizar sobre la supuesta aparición de nuevas clases sociales como el precariado, caracterizadas por la inestabilidad, la inseguridad y por “no estar respaldadas por una comunidad laboral solidaria.” Estos razonamientos, muy en boga en el seno del sindicalismo alternativo, obvian que “el sindicalismo, ya en sus inicios y durante su proceso de vertebración, hubo de gestionar una realidad plural y diversa de la clase trabajadora.(…) En aquella época no había contratos indefinidos, ni comités de empresa, ni todas las fábricas eran factorías de miles de trabajadores/as.(…) Bajo el prisma de los argumentos de la “postpolítica”, en estas circunstancias de finales del s. XIX e inicios del s. XX, no puede explicarse la creación de organizaciones sindicales y la lucha que promovieron.”2

Tampoco basta con denunciar las políticas de concertación y pacto social del sindicalismo oficialista. Ni es suficiente el reivindicar los sindicatos como herramientas de lucha de los explotados contra quien los explota. Y es que para constituirse en medios que contribuyan a superar la actual situación de dominación, además de reconocer la existencia de la lucha de clases, es necesario profundizar en la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción para entender como nos paramos ante ella y cómo nos organizamos para superarla.

“La sociedad basada en la mercancía, el valor, el dinero y el trabajo tiende cada vez con mayor evidencia a la creación de una sociedad superflua. Esto ha sido desde el principio una contradicción fundamental del capitalismo, contenida en su núcleo y que, en cuanto tal, es ineliminable: sólo el trabajo vivo, la utilización de la fuerza de trabajo, crea valor. Y, al mismo tiempo, la competencia lleva a emplear máquinas y tecnologías que sirven precisamente para disminuir el empleo de trabajo vivo y permiten que cada trabajador individual produzca más para su empleador. Pero la ventaja inmediata del poseedor de capital que primero recurre a las tecnologías nuevas se ve muy pronto anulada por la competencia, lo que a largo plazo produce una disminución del beneficio de todo el sistema. (…) La causa más profunda de lo que estamos viviendo se debe a la incompatibilidad entre la lógica del valor y el desarrollo tecnológico, causado precisamente por la lógica del valor y la consiguiente caída de la rentabilidad. En otras palabras, hay una dificultad extrema para utilizar el capital de modo provechoso. Mientras el “subconsumo”, caballo de batalla de los neokeynesianos que vuelven a proliferar, es solo un factor secundario, la sobreacumulación de capital amenaza la rentabilidad de todo el sistema.”3

Entender esta situación supone aceptar que ya no hay posibilidad de atender las necesidades de los trabajadores y trabajadoras en el marco del sistema capitalista. Ya no se trata de cuan heroicas puedan ser las luchas de estos ante los conflictos laborales, si no de la necesidad de asumir que su resolución definitiva es inseparable de la lucha por el socialismo. El verdadero problema del sindicalismo en nuestro tiempo es, por consiguiente, el que nuestra época plantea en forma más general: abolir la propiedad privada sobre los medios de producción y pasar a una verdadera socialización en todos los órdenes.

Esta concepción es negada por las grandes centrales sindicales. Convertidas en potentes aparatos burocratizados, donde aquellos en quienes se delega el accionar de la actividad sindical terminan concibiendo la organización como su propiedad privada, y su interés particular se anteponen al interés colectivo. Pero también es resistida por las organizaciones del sindicalismo alternativo, que si bien la proclaman en lo discursivo, la niegan en la práctica a la hora de afrontar la mayoría de conflictos laborales del día a día. Planteando alternativas formales que a menudo sirven para esquivar el debate acerca de la “necesidad de que el movimiento obrero adquiera conciencia de su misión histórica, de sus fines, de la estructura social capitalista y de la ley que la rige, así como de las condiciones y posibilidades objetivas de su emancipación al llegar a determinada fase del desarrollo histórico-social.”4

La muerte del sindicalismo, entendida como la muerte de cierto accionar sindical que rechaza analizar la sociedad con las categorías propias de la clase que lo constituye supone una necesidad para liberar su potencial emancipador. Con ello, lejos de morir, el sindicalismo como tal habrá de encontrar una nueva vida.

 

David Rey

1 Salario, precio y ganancia. (K. Marx, 1865)

2 ‘Mort del sindicalisme’, ciutadania y conflicte de classe. Artículo de Ermengol Gassiot, secretario general de CGT Catalunya publicado en la web de este sindicato.

3 Trabajo abstracto o trabajo inmaterial (Anselm Jappe, 2013)

4 Filosofía de la praxis. (Adolfo Sánchez Vázquez, 1967)

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