Género, nación, clase

kuperA día de hoy en las diferentes organizaciones “anticapitalistas” se repite una acusación de la que es imposible escapar, un grito visceral que ahoga el debate y dirige la práctica política “alternativa”. Es muchas veces inconsciente y desconocedor de la fuente de la que surge y por ello es necesario sacar a la luz la causa de las políticas presentes de la izquierda y sus límites, especialmente ahora que se intenta teorizar, una vez más, un qué hacer por una liberación plena mil veces repetido.

Miremos a EEUU. Tras la derrota (pues no lo olvidemos, no hubo revolución en el 68) la lucha de clases decae. Comienza el reflujo y la actividad se parcializa. Nacen las “Políticas identitarias” (que se articularán en la “Teoría de la interseccionalidad”) que parten de la experiencia vital de la opresión por cada persona, ya que estamos atravesados por “ejes de opresión”: el género, la raza, la clase (aunque luego habrá más: la orientación sexual, la religión, la etnia, la minusvalía, la edad…). Cada persona disfruta de relativo privilegio sobre otra y está relativamente oprimida por las demás, por eso es necesario organizarse en función de las opresiones concretas que cada persona sufre.

En la teoría encontramos el concepto de poder de Foucault, nacido al calor de la derrota. Foucault defiende que el poder esta distribuido en la sociedad y surge en toda relación interpersonal. Según él, el poder no se concentra en una clase ni toma cuerpo en el estado a su servicio. El poder se desmigaja junto con la pretensión de cambiar el sistema y así cambian las prácticas de lucha contra la injusticia y la desigualdad. Los intelectuales dejan de producir en vinculación con la revuelta. El postmodernismo está servido.

La identidad que se defiende es además de cartón-piedra. Al reducir a la persona a una sola de las facetas que la componen, la identidad (que aparece como la base desde la cual construir la liberación, siempre individual) no es más que un yo capitalista, fetichizado, amputado de la complejidad que constituye cada ser humano, sus relaciones, su contexto. Así como el empleo (que aparece como mera forma de ganarse la vida) es en realidad trabajo alienado, arrebatado por el capitalista (si entendemos trabajo como actividad vital, como la diversidad de tareas que en su hacer constituyen a los seres humanos).

Las consecuencias prácticas de la hegemonía de la teoría de la interseccionalidad son visibles hoy. Hay grupos que se centran en la opresión de género y se limitan a identificar y tratar de erradicar comportamientos misóginos dentro de la izquierda. El objetivo es el individuo y el comportamiento individual, ya sea cuando se denuncian supuestos “privilegios” de otros, ya sea para confesar los propios. Los argumentos políticos se ven reducidos a un llamamiento a la moral y los sentimientos personales: quién habla es más importante que lo que pueda estar diciendo.

En este marco, la construcción en base a la experiencia individual da mayor legitimidad a los más oprimidos. La mera experiencia de la opresión sirve de mejor brújula que el análisis, en base a una práctica, de una lucha que ya es centenaria. De nuevo, la argumentación es conocida. Está en la raíz de priorizar la organización de quién esté en condiciones de mayor explotación, por ejemplo en los sindicatos alternativos. Currantes en paro, ilegales o sin papeles antes que las y los asalariados de empresas estratégicas cuya toma de conciencia supondría un enorme daño al poder.

Las consecuencias de este marco conceptual son las de cualquier ideología burguesa: la reforma y no la revolución, la actividad institucional como fin y no como medio, la movilización frente a la construcción. La forma, nunca el contenido. Hoy las luchas que desestabilizaron los EEUU en los 70 (el Black Power, el movimiento de emancipación de las mujeres, de gays y lesbianas…) han sido engullidas por el capital. Esta teoría puede servir para describir lo existente, pero no para entender sus causas. Tan sólo refleja el sentido común de la apariencia de la opresión (los hombres ganan más, los árabes sufren más violencia policial…). Pero nunca explica cómo ni en beneficio de quién. Decía Marx: “toda ciencia sería superflua si la apariencia exterior coincidiera directamente con la esencia de las cosas”.

Es necesario estudiar la opresión si es que queremos combatirla. Verla como resultado de la ignorancia o como pulsión innata es un error. Es necesario desviar el visor de lo individual, apuntar hacia el sistema. Cada persona está conformada por su actividad vital y en tanto que trabajadores; mujeres, homosexuales, árabes, catalanes… esa actividad nos es robada, alienada. Por eso crecemos y criamos a nuestros hijos e hijas en gran medida alienados: tal como el capital nos necesita. Si no incluimos en el análisis la sociedad de clases, no podemos entender el funcionamiento de unas opresiones determinadas por la base económica de la sociedad y utilizadas en provecho de la clase dirigente.

En el Estado Español de 2016 los árabes, las mujeres, los gays… se enfrentan a barreras diferentes, barreras que afectan a su percepción del mundo, su capacidad de resistencia, la construcción de su propio yo. Pero no sólo actúan a nivel individual; dañan los intereses de todos, porque carcomen la solidaridad de clase y dificultan nuestra lucha. La clase no es sólo una organización social que permite la explotación de los trabajadores, es potencialmente la única fuerza de cambio fundamental y permanente que puede permitir la unión de todos los explotados y oprimidos, a pesar de las diferencias, en base a una relación común con el capital.

La mayoría de la gente que por una u otra razón se compromete en una lucha cuenta con una mezcla de ideas contradictorias. Algunas son revolucionarias, pero la mayoría son reaccionarias. Son las que le han conformado y aún, parcialmente le conforman. Para muchas compañeras y compañeros, el recurso a la interseccionalidad nace de un bienvenido deseo de unidad e inclusión. Ahora, es un error querer cambiar las ideas, en nosotros y en los demás, sin enfrentar su base material. Es en la lucha cuando es posible destruir viejas asunciones y prejuicios, ya que la experiencia directa entra en conflicto con la visión capitalista del mundo… Siempre que haya personas firmemente determinadas a trabajar para que lo particular se vincule a lo universal.

Para lograrlo quizás valga la pena echar una mirada sin prejuicios a la teoría que llevó a los mayores éxitos en la lucha contra el régimen asalariado, a los mayores niveles de igualdad, a la posibilidad de concebir la libertad del ser humano. La aplicación de esa teoría en la práctica demanda de una organización única, que sea capaz de enfrentarse al capital en todos los órdenes sin asfixiar al individuo, muy al contrario, permitiéndole crecer y armarse en la lucha diaria, en todos los frentes.

No dejemos para mañana…

Sara Pérez

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