¡Viva la Revolución!, Valeria Ianni

Agradecimiento inicial

Ante todo, queremos expresar nuestro profundo agradecimiento a los compañeros de Espineta amb Caragolins que nos dan la oportunidad de participar en esta publicación. El intercambio, el debate y la construcción de lazos internacionalistas son tareas siempre necesarias y enriquecedoras, y más aún en un contexto de una creciente mundialización del capital y de un avance del dominio imperialista. En particular, resulta reconfortante encontrar a varios kilómetros de distancia y en una realidad diferente, que los caminos que venimos transitando tienen muchos puntos de coincidencia en cuestiones fundamentales. De modo que, esperamos que las líneas que vienen a continuación sean un aporte y una oportunidad para reflexionar de conjunto sobre cómo aportar a una transformación revolucionaria.

La importancia de una fecha

La dictadura cívico – militar que se impuso en Argentina hace cuarenta años vino a barrer con una riquísima experiencia de la lucha revolucionaria. Con el propósito estratégico de desarmar a una alternativa revolucionaria de poder que se verificaba en una fuerte politización, radicalización y movilización de importantes sectores de la clase trabajadora y del pueblo en general, las clases dominantes locales junto con el imperialismo norteamericano aniquilaron no sólo a toda una generación de nuestros mejores compañeros, además produjo un quiebre en una larga tradición de organización y de lucha. Al tiempo que a sangre y fuego la dictadura cívico – militar impuso el capitalismo como el único horizonte posible, nos desarmó organizativamente y nos expropió (una vez más) de nuestra historia y de nuestra identidad. Recién en los últimos años, en gran medida a partir de la rebelión de 2001, empezamos a revertir la desorientación estratégica, el desarme organizativo y la fragmentación. Y, siguiendo la orientación del independentista del siglo XIX Bernardo de Monteagudo, volvemos a la historia no con la curiosidad exótica de un museo o de los relatos grandilocuentes, sino para no tener que luchar hoy despojados de esa escuela común del género humano.

En la historia del pueblo trabajador y de los revolucionarios de Argentina, la II República Española y la Revolución y Guerra Civil fueron hitos de suma importancia. La fuerte comunidad española (o, para ser más precisos, las fuertes comunidades de los distintos pueblos de la península ibérica) se partió siguiendo unos bastante precisos contornos de clase. En una de las avenidas principales de la ciudad de Buenos Aires (Av. de Mayo) eran frecuentes los combates entre los republicanos que se juntaban en un bar de una vereda y los falangistas que se reunían enfrente. Mientras el gobierno de nuestra llamada “Década Infame” veía con afinidad y simpatía al franquismo, las organizaciones obreras organizaban la solidaridad y el apoyo a los republicanos. Al igual que en España, la confrontación no fue sólo militar o político – militar, sino que no dejó afuera a ninguno de los ámbitos de la vida. Y como en España, el campo adversario del franquismo contó con el apoyo activo de destacadas personalidades de cultura en un grado cuantitativa y cualitativamente muy superior.

Pero muy lejos estuvo de restringirse el compromiso con la Guerra de España a la comunidad española. La posición frente a los campos en lucha en España dividía a toda la sociedad argentina y definirse republicano o “nacional” sintetizaba una visión y una perspectiva respecto de la política local. Numerosas publicaciones, organizaciones de solidaridad, y alistamiento de medio millar de combatientes internacionalistas fueron el modo en el que la clase obrera argentina expresó su comprensión de que en España estaban combatiendo hermanos proletarios, y que el modo en que se definiera la situación, iba a incidir en la lucha de todos los obreros, sin importar cuáles fueran sus fronteras nacionales. No hubo corriente obrera que no apoyara a los republicanos, el listado de los voluntarios muestra a comunistas como los esposos Bernardo y Fanny Edelman, un verdadero símbolo del anarquismo como Simón Radowitzky, y los trotskistas Hipólito y Mika Etchebéhère, por sólo mencionar a algunos. También en estas tierras australes, la defensa de la República fue una causa que ni siquiera dejó afuera a los niños. Muchísimos hombres y mujeres que eran pequeños al momento de la guerra recuerdan cómo juntaban los papeles metalizados con la convicción de que eso serviría para fundir balas para republicanos. Entre ellos, estaba nada menos que Ernesto Guevara y su familia, fervorosos defensores de la causa republicana.

La llegada de unos 2500 de exiliados (hay quienes elevan a 3500 la cifra) después del triunfo fascismo español se produjo a pesar de la animadversión del gobierno que contaba con representación oficial del golpismo desde 1936. Obreros, intelectuales, artistas, periodistas recibieron con afecto a los exiliados que ante la negativa estatal debían llegar individualmente y sin contar con ningún apoyo institucional. Se mantuvo asimismo el reclamo contra la represión y el oscurantismo franquistas.

Para la generación de los sesenta y setenta del siglo XX, la Guerra Civil fue un punto de referencia. La poesía forjada como un arma por un pueblo dispuesto a combatir al fascismo, las canciones pegadizas, irónicas, agitativas, las biografías y memorias de protagonistas formaron parte de la cultura revolucionaria de una generación que supo poner, por primera vez en la historia de nuestro país, a la burguesía contra las cuerdas.

Para nosotros, a ochenta años de distancia, la Revolución y la Guerra de España siguen siendo parte de nuestra historia. Historia silenciada o negada por la noche de la represión y también por la negrura de una democracia neoliberal basada en el posibilismo que elige entre lo malo y lo peor. Historia que tenemos el compromiso de no olvidar, de donde todavía hoy necesitamos extraer importantes enseñanzas y de pelear palmo a palmo su significado.

Es una obviedad decir que la visión de la historia está impregnada de la mirada y de la posición que se tiene ante el presente. O que en el modo de recordar va implícito cuál es el proyecto que se busca poner en pie hacia el futuro. Sin embargo, en Argentina y entendemos que también en España, la ofensiva ideológica posmoderna y liberal ha hecho retroceder a la historia a los laboratorios del academicismo y el cientificismo. El hecho de que en España ni siquiera se hayan realizado los juicios contra los jerarcas del franquismo, que en la transición haya sido pactado el silencio sobre lo ocurrido y que hasta el día de hoy se mantengan la monarquía-con su bandera y con su himno y la Iglesia católica definiendo políticas de Estado y manejando la educación en un grado alarmante- nos llevan a pensar que todavía la reapropiación de la historia tiene un largo camino por delante. Por eso, la disputa por el sentido es una tarea estratégica para los revolucionarios. Porque si la Guerra Civil es reducida a la subversión o a la defensa de la legalidad republicana, desdibujamos la esencia del proceso, su dinámica de clase y su importancia para quienes levantamos hoy las banderas de la revolución y del socialismo.

Desde este rincón del planeta, nos interesa compartir algunas de las principales enseñanzas que nosotros extraemos de la Guerra Civil Española.

Al fascismo se lo combate

Con el afán neutralizante que la anima, la historia académica ha buscado desdibujar el significado del fascismo, sosteniendo que el falangismo español y el franquismo no son de la misma naturaleza que el fascismo italiano o el nazismo alemán. Por supuesto que cada proceso tiene particularidades significativas, pero desde el punto de vista de la función en la lucha de clases no puede haber duda de que ellos tienen una esencia en común: su carácter contrarrevolucionario y de enemigos del socialismo. En todos los casos, el fascismo fue la respuesta de la clase dominante a la rebelión de los oprimidos y explotados.

Hay que reconocer que las propias fuerzas populares no siempre supieron acertar en el análisis del significado del fascismo y no pocas veces lo subestimaron, y erraron en la jerarquía histórica que tenía enfrentarlo. Por supuesto, los gobiernos republicanos y los “republicanistas” enredados en los laberintos de la ley y en los procedimientos correctos tuvieron un rol pasivo. Pero también el comunismo internacional con la impronta sectaria del tercer período erró en la ponderación y en las consecuencias que suponía para la clase obrera. Y la comprensión de la tarea y la decisión de asumirla resultó exponencialmente más determinante en la década de 1930 que el grado de organización previa de los partidos y sindicatos, o el desarrollo objetivo del capitalismo en el país en cuestión. La experiencia alemana de la «derrota sin combate, victoria sin peligro»1 contrasta con la decisión de los trabajadores españoles de presentar batalla. En alpargatas, con armas antiguas, e incluso sin armas, con hambre pero con odio a ese enemigo del cual no se puede esperar más que el exterminio, los milicianos y las milicianas españolas demostraron que el camino es la lucha. Trágicamente, el proletariado español no pudo vencer. Pero ese resultado no estaba predeterminado (como gustan decir quienes ocultan su pasividad política detrás de altisonantes frases de supuesto rigor ortodoxo). El enemigo era más fuerte, es verdad. Contaba con mejores armas, tenía apoyos internacionales más importantes, disponía de una fuerza militar preparada profesionalmente. Pero es fundamental reconocer que ese enemigo no pudo concretar su plan de tomar en pocos días todo el territorio. El 12 de octubre de 1936 el gobierno de Burgos no se pudo dar el gusto de celebrar el aniversario de la conquista y saqueo de América en Madrid.

Por otra parte, creemos que merece ser recordada la larga historia de resistencia armada a la dictadura fascista encumbrada en el poder y mantenida a pesar de la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial. A menudo los revolucionarios cometemos la injustica de centrar nuestra atención sólo en los momentos más luminosos del proceso, aquellos en los que la posibilidad de victoria está presente. Hay que evitar ese error. Aplastante como fue el triunfo del franquismo, la organización de las guerrillas y de la lucha clandestina, la resistencia en las mazmorras del régimen, todo ello realizado en las condiciones opresivas del terrorismo debe ser estudiado, recordado y transmitido a las nuevas generaciones.

Un pueblo dispuesto a lucha y los problemas de la dirección y el poder

Uno no puede más que conmoverse al ver las imágenes, al conocer las historias que han llegado hasta nosotros de cómo jóvenes, ancianos y niños enfrentaron al fascismo. En su discurso a los estudiantes uruguayos en 1961, Ernesto Guevara decía: «Porque los pueblos pueden hacer realizaciones enormes cuando están llevados por la llama revolucionaria, cuando están en una situación especial de su historia, cuando todas las pequeñas satisfacciones de la vida diaria se pierden, se transforman y se nota un cambio cualitativo en el pueblo que entra en revolución. Martí llamaba a eso “entrar en revolución”.»2

Pocas situaciones históricas son tan nítidamente revolucionarias como la de España en los primeros días y semanas de inicio de la Guerra Civil (e incluso desde el triunfo del Frente Popular en febrero). El inicio de la guerra dio lugar a una revolución de hecho en cada una de las regiones y pueblos. El pueblo en armas tomaba los centros de poder, organizaba la seguridad y las actividades del lugar, disponía medidas. El gobierno republicano central, totalmente incapaz de ponerse al frente de la situación, llamaba a la calma. Y durante varios meses (que no son poco tiempo en un período revolucionario) en los hechos ese gobierno central dejó de tener poder real.

Sin embargo, la acción impetuosa de un pueblo entrando en revolución no tuvo su correlato en las direcciones de las organizaciones obreras y, menos aún, en la dirección resultante del movimiento en su conjunto. Esto no significa en absoluto que las responsabilidades hayan sido equivalentes en todas las corrientes, ya que fue el comunismo oficial el que promovió la reconstitución de un gobierno central republicano (no revolucionario) y que encabezó la represión contra el anarquismo y el POUM a partir de 1937. La persecución, la infamia en la descalificación de otros revolucionarios, llegando al secuestro y desaparición de dirigentes revolucionarios como Andreu Nin, es una práctica que no tuvo ningún correlato en las otras organizaciones. Pero no deja de ser significativo que el comunismo del PCE haya sido el que más creció en el período, hecho que no creamos que pueda ser sólo atribuido a los recursos de la URSS. Y entre los militantes y milicianos comunistas hubo hombres y mujeres valiosos que pelearon por la revolución. El seguimiento a pies juntillas de los lineamientos de la Comintern por parte de la dirección del PCE y los resultados del triunfo de la contrarrevolución, contrastan con el modo en que encararon esa relación otros partidos comunistas como el de China o el de Vietnam.

En otro orden de responsabilidad, la distancia entre la concepción revolucionaria del anarquismo y la realidad del poder impidió que en el momento propicio, el auge de masas se potenciara con la acción planificada de toma del poder. En el caso del POUM, creemos que el problema fue el no haber conseguido tener fuerte inserción en toda la península3.

En pocas palabras, la construcción de una estrategia de poder que pueda orientar la irrupción revolucionaria de masas hacia una victoria total sobre el enemigo debe ser encarada con antelación y es allí donde los destacamentos revolucionarios deberemos probar si estamos a la altura de los desafíos de la lucha de clases. Y esa estrategia de poder requiere no sólo de la definición ideológica, programática, sino de la construcción material de organización y de poder de masas4.

La lucha revolucionaria y su relación con otras opresiones

La relación entre la lucha revolucionaria y otras formas de opresión forman parte de la historia del marxismo desde sus orígenes. No es menos cierto que no siempre esa relación se ha resuelto de manera virtuosa. La experiencia de la II República y de la revolución en medio de la guerra muestra cómo la causa de la emancipación del proletariado puede ser potenciada, radicalizada y fortalecida al incorporar la lucha contra otras formas de opresión, en especial la opresión de género y, bastante más limitadamente, algunos aspectos de la opresión nacional.

Los avances en la igualdad de género estuvieron estrechamente asociados a la participación activa de las mujeres en la política y, sobre todo, como milicianas. Este último punto tiene una relevancia fundamental, ya que sigue siendo uno de los tabúes menos atacados del machismo5. A ochenta años de distancia las hermosas imágenes de esas revolucionarias en armas siguen estremeciendo de emoción. Por supuesto, que toda una cultura y una construcción subjetiva marcada a fuego por el patriarcado no se desmontan de raíz en un par de años, pero sí se estaban conmoviendo sus cimientos. Esto fue registrado con horror y desprecio por el enemigo fascista que buscaba denigrar a los republicanos diciendo que hacían pelear a “las hembras”. Tal como desplegaría más tarde durante los treinta y seis años de dictadura, para el franquismo el lugar de la mujer era la casa (en subordinación total al macho) y, por fuera de ella en el único espacio “apto” para las mujeres en la Iglesia (en subordinación total a los curas).

El poder machista estuvo (y está) reforzado en España por el peso de una Iglesia católica que sanciona el sistema de explotación y opresión como “orden natural”. Si lo dicho vale para la Iglesia católica en general, en el caso español esto se ve potenciado ya que la misma fue vanguardia y baluarte de la contrarrevolución desde el fin de la Edad Media, cuando menos. Basta recordar que allí nacieron la Santa Inquisición, la Compañía de Jesús y el Opus Dei. Entre las importantísimas transformaciones democráticas de la II República y de la revolución durante la guerra, la separación entre Iglesia y estado ocupa un lugar destacado: carácter laico del estado que no sostendrá a ningún culto, derecho al divorcio, separación de la Iglesia de la educación pública, expulsión de las órdenes religiosas que hacían voto especial de obediencia al Papa, por sólo mencionar algunas. El triunfo del franquismo revirtió conquistas en este terreno que aún no se han recuperado.

Sobre la cuestión nacional, durante la II República los distintos gobiernos centrales tuvieron muy poca voluntad de resolver los problemas que conlleva la opresión de los diferentes pueblos en el estado español. Los recortes de derechos y el intervencionismo militar siguieron siendo las premisas tanto de la derecha como de la “izquierda” española, en consonancia y colaboración con las distintas burguesías catalanas, vascas, etc., que en la mayoría de los casos con el inicio de la guerra se pusieron claramente en el lado fascista. Hubo reconocimiento de autonomía y algunos avances en ciertos aspectos no definitorios, pero no se asumió la perspectiva de autodeterminación.

Es importante marcar esto ya que la ideología dominante –posmodernismo mediante- ha convertido a la reivindicación de la independencia en el emblema del carácter “contrario al progreso” de las izquierdas radicales. Más aún, esta misma visión es compartida por gran parte de las izquierdas que denostan el legítimo derecho a la autodeterminación de los pueblos como “separatismo”. Como leninistas, para nosotros no hay mayor o mejor unidad que la que surge de la voluntad. En España, la fuerza revolucionaria creció gracias a haber logrado incorporar ese reclamo histórico a su programa de transformaciones. Calvo Sotelo gritaba “Prefiero una España roja a una España rota”. La imposición franquista del españolismo más retrógrado, la persecución de las nacionalidades, la prohibición de hablar la propia lengua -elemento central de cualquier cultura que está inscripta en los más profundo de la subjetividad de cada ser humano- deberían llamar a la reflexión a quienes creen que el proyecto centralista y represivo del estado español es “superador” de la autonomía por la que han peleado heroicamente los pueblos de las nacionalidades oprimidas: vascos, catalanes, gallegos, canarios, etc.

La reivindicación del derecho a la autodeterminación, que supone el derecho a la independencia, no estuvo en la experiencia republicana y revolucionaria separada de la confrontación de clases. Y en este punto, su actitud fue mucho más marxista de lo que muchos “ortodoxos” gustan reconocer. Porque no se trata de definir en abstracto el carácter correcto o no, revolucionario o no de una consigna, sino de analizar concretamente cuál es el significado real que la misma tiene en la lucha de clases. Esto es importante ya que en América Latina, las burguesías y los terratenientes locales promovieron la balcanización de la Patria Grande que era el proyecto revolucionario más avanzado de la primera independencia. Pero el proceso histórico de construcción de una patria liberada y unida, como culminación de un proyecto de descolonización y de destrucción de los pilares de tres siglos de colonialismo (esclavitud, servidumbre indígena, educación para pocos, latifundio), no es asimilable a la imposición de un estado central que niega el idioma, la historia, la cultura de otros pueblos. Más aún, el derecho a la autodeterminación que reivindicamos es de los pueblos, esto es, de las masas explotadas y oprimidas. Como decía el querido Roque Dalton en el final del poema «La patria» en Un libro rojo para Lenin: «Los trabajadores y los pobres / sólo tienen un medio para tener patria: / hacer la revolución.»

Si durante la II República y durante la Guerra Civil la lucha por transformaciones sociales pudo nutrirse y enriquecerse con la incorporación de la lucha contra la opresión de género, no llegó a tomar a fondo un camino de superación de la opresión nacional y el balance es completamente negativo cuando consideramos la actitud ante la cuestión colonial. A fines del siglo XIX todavía combatían por su libertad Cuba y Filipinas, territorios conquistados durante la expansión colonial de los siglos XV y XVI. En 1898 ambas naciones conseguían su independencia, ante lo cual España redobló su presión sobre el norte de África. España se suma así a la oleada de apropiación sobre África que encabezan Francia y Gran Bretaña a la que se sumarán casi todos los países europeos.

La resistencia de los habitantes de la región ante la invasión no se hace esperar. Tal como había dicho José Martí: «Jamás cede una raza oprimida, jamás cede un pueblo a quién ocupa el extranjero la tierra amasada con los huesos de sus hijos. El Rif ha vuelto a la guerra contra España y España vivirá en guerra con el Rif hasta que desaloje su país sagrado.»6

En 1909 obreros españoles que construían un ferrocarril en la zona del Rif son atacados por las tribus (cabilas). En respuesta, el régimen español decide reforzar su presencia militar y ordena la movilización de reservistas. La mayoría de ellos eran obreros con familias a cargo. El proletariado español, y muy especialmente el catalán, dio entonces una heroica lección de internacionalismo proletario al emprender largas jornadas de lucha en contra de la medida. Los habitantes de Marruecos y los obreros de la península tenían un mismo enemigo. El militarismo consiguió retener el norte de Marruecos bajo su poder, y la conquista es elevada a derecho internacional con el Tratado de Fez que concedía la zona a España bajo la forma de “protectorado”.

Lamentablemente, la tradición antiimperialista e internacionalista entre los trabajadores españoles no se mantuvo. La II República, de las más democráticas de la época, no reconoció la independencia de Marruecos, no promovió la destrucción de esa base colonial y fascista del ejército español. Allí se formaron los generales golpistas y genocidas del franquismo. Perpetraron contra la población marroquí muchos de los crímenes que más tarde trasladarían al continente. Y “los moros” fueron reclutados por las fuerzas que buscaban aniquilar la República y cometieron atrocidades de todo tipo. ¿Cómo se habría definido la situación si los revolucionarios en lo social, en lo político, en lo económico tomaban con fuerza no sólo la bandera de la igualdad de género, sino también el derecho a la autodeterminación de las nacionalidades y, decididamente, el de la lucha anticolonial? No lo sabemos, pero sin duda, es una lección a extraer que los revolucionarios debemos ser los más firmes y consecuentes luchadores contra toda forma de opresión, y en la historia de los pueblos el colonialismo ha sido (y es) una de sus manifestaciones más extremas.

Retomar el camino revolucionario, el mejor homenaje

Se van a suceder (ya están ocurriendo) en estos días homenajes y recuerdos a la Guerra Civil Española. Pero la guerra civil no está en el pasado. Ahí está la monarquía con sus desfalcos y sus afrentas. Ahí está la Iglesia. Ahí están los grandes negocios y negociados. Ahí está el aparato represivo que a pesar de la “democracia” sigue perpetuando el franquismo contra el pueblo vasco. Ahí está la tecnocracia de la Unión Europea llamando a dar una vuelta más a la miseria, a la desocupación, a la precarización laboral para salvar a los bancos.

Para todos los que sentimos en lo más profundo la alegría por el amanecer que los milicianos anunciaron al ejercer el poder, distribuir las tierras, controlar las fábricas y quemar iglesias; para los que sentimos también en lo más hondo el horror de los fusilamientos masivos, de vidas enteras enterradas en las cárceles, de los niños robados, de la educación negada, de la miseria planificada, sólo hay un homenaje digno de la heroica lucha contra el fascismo y por el socialismo: retomar la senda. Ahí está la bandera roja, amarilla y morada. Ahí está el Himno de Riego. Están La Internacional y A las barricadas. Está la historia de miles y miles de campesinos, mineros, obreros, maestros, empleados, estudiantes. Está la lucha abierta, la lucha clandestina, la resistencia, las guerrillas. Están los poemas junto a las palabras en las paredes de milicianos recién alfabetizados. Está el convencimiento de que los hombres y las mujeres podemos, y seremos, dueños de nuestra historia.

A 80 años del inicio de la Guerra Civil, ¡VIVA LA REVOLUCIÓN!

Valeria Ianni

Militante de la Organización Política Hombre Nuevo, Argentina.

1 Juan Rústico (seud. Hipólito Etchebéhère), Derrota sin combate, victoria sin peligro. 1933: la tragedia del proletariado alemán.

2 Ernesto Guevara, “Discurso en el Paraninfo de la Universidad de la República Oriental del Uruguay, 17 de agosto de 1961”.

3 Sale del eje de este artículo, pero nos interesa destacar que la debilidad señalada no comparte la crítica que los trotskistas realizan del POUM (al menos en Argentina) que apunta a la defección de haber entrado al Frente Popular, o de no haber seguido los lineamientos de Trotsky.

4 Decimos esto porque en nuestro país hay muchos “revolucionarios” que gustan de juzgar y medir el nivel de pureza del resto de las organizaciones, de sus referentes o de los procesos que encarnan, pero que no logran y a veces ni se proponen organizar a nadie.

5 No es casual que las corrientes liberales del feminismo centren su análisis mucho más en lo discursivo y en las vivencias íntimas de la sexualidad que en esta dimensión que remite a un largo proceso de expropiación de las mujeres de las armas. Resulta llamativo también que a menudo la reflexión crítica sobre la atribuida debilidad remita a la contextura física, dejando en un segundo plano que a raíz del desarrollo bélico no es la fuerza física la dimensión definitoria en los enfrentamientos desde hace siglos.

6 José Martí, “Los moros en España”, Patria, 31 de octubre de 1893. Disponible en: http://www.josemarti.cu/publicacion/los-moros-en-espana/

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