La revolución en la Catalunya de 1936: “La hidra sin cabeza”, Enric Mompó

Parafraseando al gran historiador Pierre Broué, el título de este trabajo, “La Hidra sin cabeza” define con exactitud lo que fue la revolución española, y por consiguiente también lo que ocurrió en Catalunya, donde ésta llegó más lejos.

Cuando todavía humeaban los rescoldos de los combates de las jornadas de julio, y en medio de una vertiginosa explosión revolucionaria que todo lo inundaba, los representantes del anarcosindicalismo victorioso se detuvieron en los umbrales del poder. Prefirieron optar por un camino intermedio: la constitución del Comité Central de Milicias Antifascistas de Catalunya, que sin un auténtico gobierno, en el sentido tradicional de la palabra, pudiese asegurar las conquistas políticas, económicas y sociales que se estaban consiguiendo.

Mientras tanto, las bases organizadas de los partidos y sindicatos obreros, seguidos por la gran masa de los trabajadores, realizaban su propia revolución sin esperar a sus dirigentes, mostrando que no estaban dispuestos a seguir por el mismo camino.

LAS JORNADAS DE JULIO.

La conspiración militar era un secreto a voces que sólo el gobierno republicano se negaba a aceptar. En Catalunya la CNT había alertado a la opinión pública, junto al resto de los partidos y sindicatos, de la amenaza inminente de la sublevación militar. El 14 de julio, en una reunión de los comités de defensa de barriada de Barcelona, los anarcosindicalistas concretaron sus planes de defensa. El 16, en una nueva reunión se informó de la escasa o nula predisposición del gobierno catalán a armar a la población. En la misma reunión se acordó colaborar con el resto de las organizaciones obreras.

La Generalitat desconfiaba de los revolucionarios. Entregar armas a la población era un remedio que podía ser peor que la enfermedad (1). Frente al dilema de armar a los trabajadores, con el consiguiente peligro de facilitar la revolución social, o no hacerlo, facilitando las posibilidades de éxito de los golpistas que liquidarían la autonomía catalana, el presidente Companys prefirió confiar exclusivamente en sus escasas fuerzas y desechó las demandas de repartir armas entre la población, lo que equivalía prácticamente al suicidio. La correlación de fuerzas les era claramente adversa. Mientras la guarnición militar contaba con más de 6.000 hombres, pertrechados con abundante armamento, sin contar con los civiles derechistas que se sumarían a los sublevados, la Generalitat sólo contaba con 1.960 guardias de seguridad y de asalto y con la dudosa lealtad e 3.000 guardias civiles, dirigidos por el general Aranguren. Una buena parte de éstos mantenía una actitud sospechosa y podía pasarse al lado de los insurrectos. El capitán Escofet declara en sus memorias que había observado “una pasividad incomprensible” entre algunos grupos de guardias de asalto (2).

En nuestra enorme inferioridad, el ‘hierro de nuestros escuadrones armados’ no era más que modestas limaduras… era incierta todavía, la actitud de la guardia civil, y nuestros viejos guardias de las compañías locales de seguridad estaban desentrenados militarmente… la perspectiva no podía ser más desoladora” (3).

Companys no se hacía ilusiones del desenlace. A pesar de todo, el gobierno catalán procedió a asegurarse de que no sería desbordado por los revolucionarios. En vísperas del golpe procedió a registrar los locales de la CNT en busca de armas. En los combates del 19 y 20 de julio, los revolucionarios sólo contarían, hasta el asalto de los cuarteles de Sant Andreu (El Palomar), con las escasas armas que habían logrado ocultar en octubre de 1934.

En la jefatura de policía, Frederic Escofet, comisario de orden público, oyó el aullido de las sirenas con sentimientos opuestos. Él y Lluis Companys, presidente de la Generalitat, había acordado no armas al pueblo. A sus ojos, la CNT representaba para el régimen republicano un peligro tan grande como el de la revuelta militar” (4).

La mañana del 19 de julio fue la elegida para que las tropas, dirigidas por el general Goded desde Mallorca, iniciaran sus maniobras para apoderarse de los puntos neurálgicos del poder en Barcelona. Inmediatamente las sirenas de las fábricas y de algunos barcos alertaron a la población y llamaron a la lucha contra los sublevados.

La espontaneidad y la improvisación fueron el elemento dominante en las luchas callejeras. La intervención de los militantes de las organizaciones obreras, especialmente los anarcosindicalistas, que combatieron desde el primer momento a los sublevados, fue lo que decidió la actitud de la guardia civil y de los guardias de asalto. En el resto del estado, la mayoría de la guardia civil y de los cuerpos policiales apoyó la sublevación. Esto no ocurrió en Barcelona. La presión de los revolucionarios y de la población contribuyó a disipar las vacilaciones.

¿Dónde se encontraba, pues, ese Estado Mayor de la ‘chusma’? En realidad, no había Estado Mayor, sino una iniciativa descentralizada, animada por los sindicatos obreros, por los comités revolucionarios de las barriadas, y por la fuerza entusiasta de una multitud de mujeres, hombres y chiquillos que acechan al enemigo, que toma la decisión de levantar barricadas aquí y más allá, poniendo en cada adoquín que se pasa de mano en mano, un propósito de aplastar a los sublevados” (5).

El decreto de Giral sobre el ejército actuó como un poderoso disolvente. Los cuarteles fueron abandonados por la escasa guarnición que había quedado en ellos. El día 20, militantes de la CNT y de la FAI asaltaron los cuarteles del barrio del Palomar y se incautaron de numeroso armamento, lo que facilitó el triunfo de los revolucionarios y el desmoronamiento del orden republicano. El general Goded, que había llegado a Barcelona para encabezar la sublevación, fue inmediatamente detenido. Después de intensos combates, en la tarde del día 20, la insurrección quedó totalmente derrotada.

La victoria se consiguió con grandes pérdidas para los revolucionarios. Las cifras son confusas, pero se calcula que más de medio millar de anarquistas y militantes de los otros grupos antifascistas murieron, o resultaron heridos en los combates. Entre ellos Ascaso (CNT), Germinal (POUM) y Graell (JSU).

El resultado de los combates en Barcelona decidió el desenlace en el resto de Catalunya. Con las armas requisadas en la mano, numerosos grupos armados se desplazaron hacia otras poblaciones, para ayudar a liquidar los últimos focos de la resistencia, allí donde todavía persistían.

La colaboración entre las tropas leales y los militantes obreros resquebrajó definitivamente la disciplina de los primeros. Contagiados del ambiente, guardias civiles y de asalto empezaron a desembarazarse de sus uniformes para sumarse a los revolucionarios en medio del entusiasmo popular. Felipe Díaz Sandino, un honesto militar republicano describía la nueva situación:

“… con el ejército en contra, el pueblo armado en la calle y sin poder contar con la guardia civil y de asalto, contagiados después por la ola de indisciplina social o bien sumergiéndose en ella para congraciarse con los organismos obreros, contra los que habrán luchado en otras ocasiones, participando en el desorden general, tales eran las circunstancias en que se encontraba España y Catalunya por lo tanto… no podía contar el gobierno con quien oponerse a aquel estado de cosas…” (6).

La Generalitat se encontró desprovista de su autoridad política y de los medios para recuperarla. En pocas horas su poder se había derrumbado. El verdadero poder estaba en la calle, en manos de los militantes de las organizaciones que habían combatido y triunfado sobre la sublevación. El gobierno autónomo catalán era tan solo una sombra arrinconada del viejo poder, que sobrevivía como un fantasma. El anarcosindicalismo, con el prestigio ganado en los combates, era el verdadero vencedor y el nuevo centro de la situación política en Catalunya.

El 19 de julio (decía Companys) yo tocaba el timbre de mi despacho llamando a mi secretario. El timbre comenzaba por no sonar, porque no había corriente eléctrica. Si me dirigía a la puerta de mi oficina, el secretario no estaba; no había podido llegar al Palacio de Gobierno; pero si se encontraba allí, no podía comunicar con el secretario del director general, porque éste no había llegado a la Generalitat. Y si el secretario del director, venciendo mil dificultades se encontraba en su sitio, su superior jerárquico no había acudido a la cita” (7).

La autoridad política de la Generalitat apenas se extendía más allá de los despachos de las consejerías, mientras la calle se encontraba en manos de una multitud de comités revolucionarios que se extendían por toda la geografía catalana.

POR ARRIBA: LA PATATA CALIENTE DEL PODER.

En los días posteriores a las jornadas de julio, en Catalunya (como en la mayor parte del estado que no había caído en poder de los sublevados) no existía una dualidad de poderes. La autoridad política de la Generalitat había desaparecido y no existía más poder que el de la CNT. Pero tampoco existía un sólo centro de poder político sino una multitud de organismos de poder local que estaban surgiendo espontáneamente al calor de la revolución. La dualidad surgiría más tarde.

La mayoría de los cuadros dirigentes de la CNT y de la FAI se negaron a aprovechar el triunfo revolucionario para implantar el comunismo libertario (o el socialismo), porque lo consideraban una acción dictatorial, contraria a sus principios antiautoritarios.

El problema era que la Generalitat y sus aliados tampoco estaban en condiciones para recuperarlo. En un intento de congraciarse con el nuevo orden de las cosas y encauzar el ímpetu de las masas, el consejero de trabajo, a través de la radio, comunicó una serie de disposiciones sobre la rebaja de la jornada de trabajo, aumento de salarios y la aprobación de leyes laborales que estaban pendientes. Antes de hacerlas públicas se convocó a los representantes de la patronal para que dieran su visto bueno. Sin embargo en medio de la reunión, éstos fueron avisados para que no volvieran a sus domicilios, donde les estaban esperando grupos armados (8). Las concesiones de la burguesía catalana eran ya completamente inútiles. Los trabajadores, dueños de la situación, no olvidaban que la patronal había apoyado la represión y que la mayoría simpatizaba y apoyaba la sublevación militar. La noticia de la detención del director de las minas de potasa de Suria fue la señal de la desbandada.

A pesar de lo desesperado de la situación, Companys no estaba solo. Los partidos y sindicatos del Front d’Esquerres (9), ERC, Acció Catalana, UGT, Unió de Rabassaires y el comité de enlace que conformó el PSUC se reagruparon en torno al gobierno catalán, para sobrevivir en medio de un vendaval revolucionario que todo lo devoraba. Sin embargo, en aquellas condiciones difícilmente podían servir de contrapeso frente a un anarcosindicalismo todopoderoso. El 20 de julio Companys solicitó una entrevista con una delegación de representantes de la CNT y de la FAI. Su intención era tantear y obtener el apoyo del anarcosindicalismo, sin el que, en aquellas condiciones, resultaba imposible la recuperación del poder perdido.

El mismo día por la tarde se convocó una asamblea de la CNT-FAI en los locales incautados a la patronal catalana. El Plenario fue convocado para discutir la postura que iban a mantener frente a Companys y analizar las perspectivas que acababan de abrirse con la derrota de los sublevados. En la reunión pronto se reflejaron las divisiones que existían latentes en el seno del anarcosindicalismo. Juan García Oliver defendió la idea de ir al todo por el todo e implantar el comunismo libertario. Por su parte, Diego Abad de Santillán se manifestó partidario de buscar la colaboración del resto de las fuerzas políticas que habían intervenido en la lucha. Entre ambas posturas, una intermedia representada por Manuel Escorza planteó utilizar a la Generalitat con el propósito de legalizar las conquistas revolucionarias, apoyándose en el aplastante predominio del anarcosindicalismo, para desprenderse de ella, cuando las circunstancias lo aconsejaran. Finalmente se envió una delegación para entrevistarse con Companys y conocer sus propuestas.

En la entrevista, el presidente catalán adoptó una actitud astuta y prudente. Reconoció lo que era evidente, su derrota política y el triunfo de los revolucionarios, para seguidamente ponerse a su disposición. Ofrecer su dimisión, una vez perdida toda su autoridad, era más que un gesto de cara a la galería. Estaba cargado de intencionalidad política. Si los anarcosindicalistas estaban dispuestos a tomar el poder, no había nada que hacer, el futuro de la Generalitat estaba visto y sentenciado, pero si por el contrario se decidían a colaborar, ganaría un tiempo precioso para recuperar el terreno perdido.

(Companys) realizaba una gran maniobra para salvar las instituciones del poder y con ellas su propia política… (que) en aquel momento estaba vencida. Lluis Companys salvaba las instituciones y salvaba con ellas, su concepción ideológica. Fue iniciar un proceso de tiempo y paciencia con todos los altos y bajos normales en un proceso como aquel, de recuperación del poder” (10).

Los delegados anarcosindicalistas se negaron a adoptar una postura, hasta que el Plenario Sindical decidiera. Companys les hizo pasar a otra sala, donde esperaban los representantes del resto de las fuerzas políticas, el Front d’Esquerres y el POUM. Propuso la formación de un comité de milicias ciudadanas, para “encauzar la vida en Catalunya” y organizar la lucha contra el fascismo. El objetivo de la propuesta era subordinar a la CNT y a la FAI al carro de su política. Sin embargo la extraordinaria transformación revolucionaria que se estaba llevando en la calle, por todas partes, iba a dar a desbaratar sus planes.

Poco antes de la entrevista, Companys había realizado otro encuentro similar con el resto de formaciones políticas. En la reunión se habló de la creación del comité que organizara las milicias ciudadanas y de la formación de un gobierno de concentración. Los partidos y sindicatos del Front d’Esquerres le dieron todo su apoyo político, pero el POUM mantuvo una postura ambigua y defendió que cualquier plan que se intentara llevar hacia adelante, tenía que contar forzosamente con el visto bueno de los anarcosindicalistas, que eran los verdaderos dueños de la situación.

El día 21 el comité regional de la CNT aprobó provisionalmente la propuesta de Companys. Sin embargo se reservaban el acuerdo sobre la forma con la que iban a participar en el nuevo organismo y aplazaban la respuesta definitiva a la decisión del nuevo Plenario que estaba próximo a realizarse.

Contando con el firme apoyo del Front d’Esquerres y la aceptación provisional de la dirección de la CNT y de la FAI, Companys se decidió a dar un nuevo paso hacia adelante. El mismo día el Boletín Oficial de la Generalitat publicaba un decreto por el que se creaban “las milicias ciudadanas para la defensa de la República”. Su jefe sería el comandante Enrique Pérez Farrás, que estaría a las órdenes del conseller de defensa, Lluís Prunés i Sató. El Comité de Milicias que proponía Companys era una comité de enlace de todas las organizaciones antifascistas.

En el nuevo Plenario de las Federaciones locales y comarcales de la CNT, las diferentes posiciones del anarcosindicalismo chocaron de nuevo. La postura colaboracionista de Diego Abad de Santillán y Federica Montseny prevaleció sobre la de Juan García Oliver y la delegación del Baix Llobregat. La minoría argumentó que aceptar las propuestas de Companys significaba claudicar en el momento en el que las fuerzas revolucionarias habían alcanzado la victoria. Los partidarios de colaborar defendían que la implantación del comunismo libertario en aquellos momentos significaba caer en la tentación dictatorial, cosa que estaba en franca contradicción con los principios del anarquismo. Diego Abad de Santillán advirtió que la toma del poder por la CNT podía desencadenar la intervención de las potencias imperialistas europeas y que la participación en el Comité de Milicias tendría efectos positivos para la CNT, sin perjuicio de gobernar desde la calle, pero sin caer en tentaciones dictatoriales. Federica Montseny, por su parte, defendió que la contradicción en la que se encontraban sería superada por las mismas masas revolucionarias desde la calle. La misma participación en el Comité de Milicias era ya de por sí una concesión que debería ser abandonada tan rápidamente como las circunstancias lo hicieran posible (11).

El historiador Rudolf de Jong, en su excelente trabajo sobre el anarquismo y el doble poder en la guerra civil española, defendió la existencia de terceras vías que no fueron contempladas por los cuadros dirigentes de la CNT y de la FAI, que no presuponían ni caer en la “colaboración democrática”, ni en la “dictadura anarquista”. La de la participación y potenciación del desarrollo de la revolución autogestionaria que se estaba llevando a cabo en la calle, al margen de las cúpulas de los partidos y sindicatos, en los comités revolucionarios locales, en las colectivizaciones industriales y agrarias que surgían con una fuerza extraordinaria por toda Catalunya y en menor medida en el resto del estado. Esta opción implicaba acabar de una vez por todas con el moribundo gobierno burgués catalán. Otra alternativa que de Jong valora es el de la aceptación de la colaboración en el seno del Comité de Milicias, pero como un organismo provisional, que debía ser reemplazado en el momento en el que las circunstancias lo permitiesen, por otro de tipo confederal, creado a partir del proceso revolucionario desatado (12).

Las dos alternativas defendidas por de Jong, son parecidas (en realidad son complementarias) y plantean la necesidad de transformación de los comités revolucionarios y las Juntas de poder territorial (como el Comité Central de Milicias de Catalunya) en verdaderos organismos de tipo soviético (asambleas populares en las que sus representantes debían ser elegidos, y ser responsables y revocables ante los que los habían elegido). La primera opta por la potenciación de los comités locales que estaban surgiendo, de forma espontánea, por todas partes. Ésto sólo era posible mediante la democratización y la ampliación de sus bases sociales mediante la participación popular (dejar de ser organismos formados por la vanguardia organizada, para transformarse en instrumentos directos de la voluntad de los trabajadores y las clases populares). El poder revolucionario de los comités sólo podía potenciarse mediante la coordinación y la estructuración de abajo arriba de éstos. La segunda opción que contempla de Jong implicaba reemplazar el Comité Central de Milicias (un organismo burocrático, donde estaban representadas las cúpulas dirigentes de los partidos y sindicatos) por otro de naturaleza democrática, es decir, convirtiéndose en el vértice superior de la pirámide de poder, constituida por el enjambre de comités locales, comarcales, provinciales y estatales (constituido por los representantes elegidos por la voluntad popular).

Sin duda alguna las circunstancias de guerra civil y enfrentamiento entre las clases sociales no era el mejor momento para llevar a cabo la democratización requerida, pero no es menos cierto que ninguna de las organizaciones obreras, desde el PSUC hasta el anarcosindicalismo, pasando por el POUM, por diferentes motivos, estaba por la labor. Hacerlo hubiera llevado a liquidar lo que quedaba del estado burgués y apostar por el fortalecimiento del proceso revolucionario. Es decir, renunciar a los dogmas preciosos del anarquismo, el rechazo a toma forma de poder estatal. No parece que el problema de los principios preocupara mucho a los colaboracionistas, al fin y al cabo algunos de ellos (y también alguno de signo contrario, como Juan García Oliver) acabaron después como flamantes ministros de la república burguesa. Como muy bien observa de Jong, al combatir la propuesta de los intransigentes, olvidaban que en el terreno de los principios estaba tan en contradicción la dictadura anarquista, como la colaboración en el Comité Central de Milicias (13).

El lenguaje y los argumentos confusos y contradictorios de los cuadros dirigentes de la CNT y de la FAI expresaban la sorpresa y el profundo desconcierto que reinaba en las filas libertarias. Tan solo unos días antes, nadie creía posible estar a las puertas de una revolución, ni de que iban a tener el poder al alcance de las manos. En el Congreso de Zaragoza, celebrado tan solo unas semanas antes, nada de ésto se había contemplado. La CNT y la FAI (como el resto de la izquierda revolucionaria) se encontraban desarmadas políticamente para enfrentarse a la nueva situación. Toda la larga tradición de apoliticismo y de rechazo total a cualquier forma de poder estatal se volvía ahora contra ellos. Tenían en sus manos un poder que no deseaban y con el que no sabían que hacer. Pero tampoco podían entregárselo a sus adversarios.

El anarcosindicalismo carecía de política ante el poder y era la realidad la que ahora les obligaba deprisa y corriendo a improvisarla. La declaración (¿confesión?) de Helmut Rüdiger, representante de la AIT en Barcelona, frente a las críticas que hacían los anarquistas extranjeros a la CNT española es extraordinaria:

Los que dicen que la CNT tenía que establecer su dictadura en 1936 no saben lo que exigen… Entonces la CNT debía tener un programa de gobierno, de ejercicio de poder, un plan de economía autoritariamente dirigida y experiencia en el aprovechamiento del aparato estatal… Todo eso no lo tenía la CNT, pero los que creen que la CNT debía realizar su dictadura tampoco poseen este programa, ni para su propio país, ni para España. No nos engañemos: de haber poseído semejante programa antes del 19 de julio, la CNT no hubiera sido la CNT, sino un partido bolchevique. De haber aplicado semejantes prácticas en la revolución hubiera dado el golpe mortal definitivo al anarquismo” (14).

Algunos historiadores cuestionan la representatividad del Plenario de la CNT en el que se decidió la renuncia al poder político. Aunque por lo precipitado de las circunstancias las bases no fueron consultadas, es difícil negar que los cuadros allí reunidos representaban con sus más y sus menos la la sensibilidad de la mayor parte de la militancia, por lo menos en aquellos momentos de desconcierto. La situación difícilmente podían permitir una asamblea más representativa y democrática. Sin embargo esa falta de representatividad acabaría, en los meses siguientes, convirtiéndose en permanente. En aquellos momentos de euforia, tanto las bases, como los cuadros dirigentes, creían que la colaboración con Companys y el Front d’Esquerres sólo era circunstancial, un paréntesis en el camino de la revolución y que no sería necesario romper la alianza con los partidarios del orden republicano. No se daban cuenta que esta política acabaría ahogando a la misma revolución que querían defender.

El acuerdo entre Companys y los representantes de la CNT, por el que los anarcosindicalistas renunciaban al poder, y permitían al primero continuar en su puesto de presidente de la Generalitat, tuvo como consecuencia la formación de un nuevo organismo de colaboración: El Comité Central de Milicias Antifascistas de Catalunya, que nada tenía que ver con el comité de enlace, subordinado a su gobierno, que había proyectado al principio. Companys había interpretado erróneamente la renuncia de la CNT, como una oportunidad histórica para recuperar el control de la situación. No iba a ser tan fácil. Los anarquistas no iban a dejarse arrebatar el triunfo tan fácilmente, especialmente cuando la revolución estaba en marcha. Renunciaban al poder, pero tampoco estaban dispuestos a cederlo a sus adversarios políticos. La hegemonía de la CNT en Catalunya iba a definir la política del nuevo organismo.

El presidente Companys cree todavía factible una continuidad del Frente Popular catalán, en la cual se integrarán los anarquistas, pero éstos no aceptan esta vieja forma de poder, en la cual ellos quedarían totalmente diluidos y aceptan, en cambio, la formación de un Comité de Milicias, también propuesto por el presidente Companys, que tendría como finalidad orientar toda la vida de Catalunya, profundamente transtornada a causa de la sublevación militar…”.

Los anarquistas aceptaron la creación de un Comité Central de Milicias en tanto que organismo popular que asuma la dirección económica, militar y política de la vida catalana…” (15).

Pese a la hostilidad manifiesta del recién nacido PSUC hacia los anarcosindicalistas, Companys, consciente de su debilidad política, se mostró partidario de extremar la prudencia y optó por la vía del compromiso, que le permitiría ir recuperando paulatinamente el poder, legitimado y bajo la sombra protectora de los dirigentes de la CNT y de la FAI. Los dirigentes libertarios, por su parte, el hecho de haber optado por “colaborar” en el Comité Central de Milicias, les permitía ejercer el poder sin necesidad de renunciar a sus principios antiestatalistas, y sin tener que asumir la responsabilidad del mismo…o eso creían.

En los meses siguientes, el gobierno de la Generalitat quedaría postergado a un segundo plano político, encargándose de ratificar las órdenes que partían del Comité Central de Milicias.

El Comité de Milicias fue reconocido como el único poder efectivo en Catalunya. El gobierno de la Generalitat seguía existiendo y mereciendo nuestro respeto, pero el pueblo no obedecía más que al poder que se había constituido en virtud de la victoria y la revolución, porque la victoria del pueblo era la revolución económica y social” (16).

Careciendo de programa, los dirigentes anarcosindicalistas se negaron a tomar el poder y permitieron que el gobierno de la Generalitat sobreviviera en la sombra, convencidos de que, gracias al apoyo aplastante que tenían entre los trabajadores, nunca llegaría a ser una amenaza real para la revolución. Tan solo unos meses bastarían para demostrar cuan equivocados estaban. La política siente horror al vacío de poder. Si los que lo tienen al alcance de la mano renuncian a él, otros lo harán en su lugar. Es una ley de hierro de todas las revoluciones. Aunque el viejo Estado capitalista se encontraba en ruinas, no estaba liquidado y conservaba (porque los revolucionarios se lo permitían) suficientes resortes de poder para recuperar, a través de la presión y el chantaje (capital financiero, armamento…), el terreno perdido.

POR ABAJO: ASALTANDO LOS CIELOS.

Como consecuencia de las jornadas de julio, una verdadera explosión revolucionaria sacudió los cimientos de la república. Allí donde los militares no habían triunfado, una multitud de organismos surgieron de la nada, comités, colectivizaciones agrarias e industriales, patrullas de control, milicias… En Catalunya, donde se encontraba la mayor parte del proletariado industrial, fue donde la ola revolucionaria adquirió mayor profundidad.

La burguesía había apoyado y financiado la sublevación. Entre los meses de febrero y julio de 1936, la fuga de capitales y los cierres patronales habían sido una tónica constante. Muchos propietarios, temerosos de que el resultado no fuese el esperado, decidieron ausentarse de sus propiedades y trasladarse al extranjero, a la espera del desenlace. Con la derrota de la sublevación en la mayor parte del estado, decidieron quedarse donde estaban, temerosos de las represalias.

Los decretos de Giral y de Companys, cesando a los alcaldes y concejales derechistas llegaron tarde y sin apenas consecuencias. La mayor parte de los viejos ayuntamientos habían dejado de existir y en su lugar habían surgido un enjambre de comités revolucionarios, que se habían revelado como los nuevos poderes locales y territoriales. La deserción de la burguesía y de los funcionarios del aparato de estado provocó un vacío de poder, que fue inmediatamente ocupado por las organizaciones obreras. Los trabajadores ocuparon los ayuntamientos, las fábricas, las minas y los talleres. Formaron sus comités y se dedicaron a reorganizar la vida cotidiana en los pueblos y ciudades. Los comités reflejaban la profunda desconfianza que existía hacia las autoridades republicanas que con sus vacilaciones habían permitido la sublevación militar.

“… El pueblo experimentaba un sentimiento de profunda desconfianza, que abarcaba todo y cegaba cualquier intento de organización. Lo triste es que tenía razón para tal desconfianza, porque todos los organismos de estado lo habían traicionado y los gobiernos, con sus errores, permitieron la realización del movimiento subversivo. Su desconfianza se presentaba bajo dos aspectos: uno el que le producía la lealtad de los funcionarios del estado: y otro, el consiguiente a desconfiar no de la lealtad, sino del acierto en las disposiciones que se dieron, cuando estas se asemejaban a las de anterior régimen. Su rencor se extendía a todo lo pasado, instituciones y procedimientos; buscaba como Diógenes el ideal; aseguraban las libertades del pueblo y que estas no fueran jamás abolidas, para lo que se trataba de inventar organismos nuevos que fueran perfectamente controlados y no pudieran incurrir en los defectos de los anteriores, ni producir nuevas traiciones”.

De ahí, la creación de comités, no era otra cosa que el control que el pueblo establecía en todas las funciones estatales. No pretendía suplantar al gobierno; quería sencillamente vigilar sus actos…” (17).

Los comités revolucionarios pretendían defender las libertades populares y lo que es más importante, y Felipe Díaz Sandino no menciona, satisfacer las reivindicaciones histórica de los trabajadores y de las clases populares, que la república no había satisfecho. Los comités no sólo realizaron las funciones de los antiguos ayuntamientos. Fueron mucho más lejos en su tarea de llenar el vacío de poder ocasionado por el derrumbe republicano y se comportaron como verdaderos estados en miniatura. Se preocuparon de asegurar el abastecimiento de víveres a la población. Organizaron milicias de voluntarios para combatir el fascismo. Formaron patrullas de control que se encargaron de perseguir a los simpatizantes de la sublevación. Crearon tribunales revolucionarios encargados de administrar la justicia. Gestionaron y extendieron la sanidad y la educación haciéndolas llegar a amplias capas de la población donde antes no llegaban. Confiscaron los edificios religiosos y las propiedades de la burguesía que había huido; las propiedades confiscadas fueron utilizadas como cooperativas agrícolas, escuelas, guarderías, almacenes de víveres y armamento, locales de las organizaciones políticas y sindicales y para otras muchas funciones y servicios que eran necesarios para la población (18).

En las grandes ciudades surgieron los comités de barriada, descendientes directos de los viejos comités de defensa de la CNT. El conjunto de éstos se articuló en una verdadera federación . Cada uno de ellos se encargó e administrar sus respectivas zonas de influencia, convirtiéndose en cada barrio en el único poder existente en los primeros momentos de la revolución. En palabras de un periodista francés, testimonio de los acontecimientos:

Se han hecho aquí con el poder. El gobierno civil es una figura simbólica, es un pálido girondino ante unos jacobinos, en comparación con los cuales, los nuestros fueron simples aficionados” (19).

Los comités se encargaron de estabilizar la nueva situación. Una de sus funciones fue la persecución de los simpatizantes de la sublevación. Se organizaron patrullas obreras de control, o de retaguardia, que se dedicaron a asegurar el nuevo orden revolucionario. A pesar de las acusaciones que recibieron por parte de sus adversarios políticos de excederse en la represión, en muchos casos evitaron los saqueos, los excesos y las venganzas personales, protagonizados por el lumpenproletariado y por algunos revolucionarios exaltados. En el seno de lo que quedaba de los viejos cuerpos policiales surgieron comités de guardias de base, que encargaron de la vigilancia y la depuración de los elementos sospechosos de simpatizar con el ejército franquista. La desaparición de las unidades del ejército que no se habían sublevado y el fermento revolucionario que existía en las calles, fue las causa del surgimiento de un numeroso voluntariado, que poco después iba a servir de base social para la organización de las milicias partidarias, que quedarían supeditadas al Comité Central. Diego Abad de Santillán calcula que hubo cerca de 150.000 voluntarios, pero el número de los que se inscribieron en las columnas que marcharon hacia Zaragoza fue sensiblemente inferior. Pocas semanas después el frente aragonés estaba formado por 30.000 milicianos.

En efecto, carentes de organización y experiencias militares, de armas y de mandos, los obreros sólo podían compensar este desequilibrio mediante el entusiasmo, y el entusiasmo no podía generarse por la idea de defender una república que había perseguido a buena parte del movimiento obrero y que había permitido que estallara la guerra civil. Ese entusiasmo, que debía ocupar el lugar del ejército, de las armas, de la experiencia militar, sólo podía surgir de la convicción de que se defendía la propiedad del pueblo, es decir, la revolución” (20).

Mucho se ha hablado de las milicias en su favor y en su contra. Sin duda alguna fueron ellas las que evitaron que el ejército franquista convirtiera su avance, desde las zonas donde había vencido, en un paseo triunfal. La organización de las milicias reflejó, con sus virtudes, limites e ingenuidades, el carácter igualitario y antiautoritario de la revolución que defendían. Se las ha acusado de estar mal organizadas y de no ser un instrumento eficaz contra los sublevados. Sin embargo aguantaron al pie del cañón hasta que fueron integradas al nuevo ejército republicano. Las milicias podían haber sido la base del nuevo ejército revolucionario. Pero nadie se preocupó seriamente de transformarlas, bien por los prejuicios anarcosindicalistas, reacios a toda forma de ejército regular que identificaban con el poder, bien porque el objetivo político era reconstruir un ejército al servicio de una república burguesa parlamentaria.

Las jornadas de julio son la prueba irrefutable de la certeza de la teoría marxista que proclama la necesidad de destruir el viejo estado capitalista para sustituirlo por un nuevo estado obrero basado en las relaciones de producción y distribución socialistas. En Rusia el proceso fue apoyado conscientemente por los bolcheviques, pero en el caso de la revolución española, éste se llevó a cabo de forma espontánea, sin el apoyo, e incluso con la hostilidad o la incomprensión de las organizaciones obreras, incluidas las más radicales. Mientras las masas trabajadoras se desplazaban hacia la izquierda, las direcciones de los partidos y sindicatos lo hacían hacia la derecha.

El origen espontáneo e improvisado de los comités explica su dispersión. En los procesos revolucionarios, los trabajadores crean sus propios organismos de poder, susceptibles de transformarse en las bases del nuevo estado. La existencia de algunas coordinadoras territoriales, refleja esta tendencia espontánea de los trabajadores, en los procesos revolucionarios, a estructurarse en un nuevo poder que compite y/o destruye el viejo estado capitalista. En la Rusia de 1917 hubo organizaciones que defendieron la existencia de los soviets y que éstos debían tomar el poder (los bolcheviques), o para apoyar y presionar al gobierno provisional, para que no se desviara del camino que debía seguir (los mencheviques y los socialistas revolucionarios). En la revolución alemana de 1918 los räte se organizaron como un poder alternativo al estado capitalista con el apoyo de los espartaquistas y del USPD. En la revolución española ninguna organización obrera defendió convertir los comités en los ladrillos del nuevo poder revolucionario (se le quiera o no, llamar estado). Unos creían que los sindicatos eran la esencia de la revolución española, otros defendían su carácter burgués y por consiguiente pretendían restablecer el viejo orden y las viejas instituciones republicanas. En cualquier caso, los comités servían de enlace entre los militantes de las organizaciones, e impedían un vacío de poder que hubiera sido fatal, pero nadie estaba interesado en ir más allá de estos límites. Mientras existieron, cada comité de pueblo, o de barrio se convirtió en el responsable de sus acciones y fue muy difícil establecer algún tipo de unidad orgánica o de coordinación.

Las órdenes del Comité Central de Milicias llegaban a los comités a través de los militantes de las organizaciones que los integraban, y no siempre eran obedecidas por sus miembros.

El hombre común tuvo pues, la impresión no sólo de que era el amo de las empresas abandonadas, sino también de las instituciones municipales o privadas abandonadas o paralizadas” (21).

La revolución estalló sin que ninguna organización política estuviera preparada. Primero fue aplastar la sublevación militar, pero después todo empezó a fluir de forma espontánea. Las instituciones republicanas desacreditadas se hundieron y la mayor parte de las grandes empresas fueron abandonadas. Los primeros pasos de los trabajadores fueron una consecuencia de lo que estaba sucediendo. No hubo una conciencia clara de lo que ocurría. Sólo al cabo de unos días, o quizás semanas, podríamos decir, empezaron a ser conscientes de las consecuencias de lo que habían hecho. En el campo y en la ciudad muchos trabajadores presintieron que la derrota de los militares y la huida de los odiados patronos, les había dado una oportunidad histórica para liberarse de tantos siglos de miseria y de explotación, que debían aprovechar. Aquella de la que tanto les habían hablado y prometido los dirigentes de sus organizaciones.

(lo que quería la clase obrera) era tener el salario asegurado, en ausencia de quien tradicionalmente lo pagaba. Buscó esta seguridad, no en las medidas gubernamentales, sino en sus propias medidas. Los obreros, de momento, no pensaron en ejercer este poder que les daba el tener armas y el haber ganado las jornadas más que en una cuestión, la de asegurarse el salario del sábado siguiente” (22).

El funcionamiento de los comités, embriones de estado obrero, y la reorganización autogestionaria de la producción en los centros de trabajo, hizo que los obreros y el campesinado pobre creyeron que había llegado la hora de la nueva sociedad. Sólo esta nueva conciencia liberadora y revolucionaria puede explicar el entusiasmo y el arrojo con el que se enfrentaron, no sólo a los militares sublevados, sino también a los extraordinarios retos que presentaba la nueva organización de la producción y de la vida cotidiana en general.

Terminados los combates de julio, los sindicatos desconvocaron la huelga general y dieron la orden de volver al trabajo. Había que recuperar la normalidad cuanto antes, para producir y suministrar a las milicias lo necesario para continuar el combate hasta la victoria final. Sin embargo, cuando los trabajadores volvieron a los centros, las puertas estaban cerradas. La mayoría de los propietarios y gerentes de las grandes y medianas empresas había huido.

Aunque el día 20, lunes, todavía seguía la consigna de huelga general, los obreros se dirigieron a sus empresas. No sabían si a trabajar o a curiosear. Había en el aire de los barrios, la sensación de que las cosas eran distintas”.

El martes 21. En la mayoría de las empresas grandes no estaba el dueño, ni los gerentes, a veces ni los ingenieros. Ahí la inquietud se concretó. Si las empresas no funcionaban ¿Qué pasaría” (23).

La improvisación y el genio creador de los que por primera vez sentían que su destino les pertenecía fue la respuesta.

“… cada industria, cada empresa, se puso a funcionar por simple iniciativa del propio proletariado, con todos los inconvenientes que se producen en las simples improvisaciones,… ellos mismos, desconectados en los primeros momentos de sus propios sindicatos y de sus propios dirigentes ideológicos, se constituyen en asamblea, la cual escoge a quienes considera más capacitados para poner en funcionamiento la empresa. Si esta requiere una dirección técnica muy especializada se va a buscar, si no se ha presentado, al elemento técnico que les merece más confianza y lo ponen como directivo máximo” (24).

La obra colectivizadora fue una iniciativa de los militantes obreros (no de sus organizaciones, que reaccionaron mucho más tarde, para poner orden en el caos colectivizador) y especialmente, por su peso e influencia social, por la militancia anarcosindicalista, seguida por el resto de la clase obrera. En muchos casos fueron los comités de empresa los que dirigieron la puesta en marcha de la producción. Aparentemente todo volvió a funcionar como antes. Pero como antes, no; la burguesía había desaparecido del mapa, y en su lugar eran los mismos trabajadores los que dirigían y organizaban la producción. A medida que la situación volvía a “normalizarse”, se registraba una actividad frenética de los sindicatos para coordinar a las empresas, que pedían asesoramiento e instrucciones.

Lamentablemente no podemos saber cómo se habría desarrollado a la larga, la obra de las colectivizaciones, tanto agrarias como industriales. Las condiciones extraordinarias de su nacimiento eran extremadamente difíciles. La guerra civil había destruido la articulación de la economía. Muchas veces las materias primas no llegaban a los centros industriales porque estaban en manos del ejército franquista, o porque el sistema de transporte era muy deficiente. Lo mismo ocurría con los productos manufacturados, que en muchas ocasiones no podían llegar a sus mercados naturales, a causa del conflicto. El combustible, proveniente del extranjero y sufriendo el boicot de las grandes multinacionales petroleras, llegaba en cuenta gotas a los centros industriales. Ya sólo por estas circunstancias, es extraordinario que el sistema de las colectivizaciones pudiera mantenerse y desarrollarse como lo hizo. Con frecuencia los graves obstáculos con los que se encontraban, fueron superados gracias al entusiasmo y el genio creador de los trabajadores. Hasta tal punto, que una vez acabada la guerra y restablecido el orden capitalista, muchos patronos mantuvieron las mejoras llevadas a cabo por los colectivistas.

Sin embargo las colectivizaciones también tuvieron graves limitaciones. Su tendencia natural era una especie de capitalismo popular, en el que las empresas colectivizadas competían entre sí por el mercado, como antes lo habían hecho la burguesía. Al desarrollarse un principio de conciencia corporativista (muchos trabajadores consideraban que ellos y no la sociedad, eran los propietarios de las empresas donde trabajaban), empezó a surgir una diferenciación social entre las empresas más afortunadas (que podían ofrecer mejores sueldos) y las que afrontaban más dificultades (salarios más bajos). Los cuadros del anarconsidicalismo intentaron (y muchas veces lo consiguieron) corregir los errores (cajas de compensación salarial) y crear una economía democráticamente planificada al servicio de las necesidades de la guerra y la población (organizaron la producción por ramas).

Como el resto de las obras de la revolución, las colectivizaciones necesitaban un estado revolucionario (o pseudoestado, o como cada uno quiera llamarle), que defendiera sus intereses y las ayudara a transformarse en un nuevo modo de producción coherente y al servicio de los trabajadores y las clases populares. El gobierno de la Generalitat (y el estado central republicano burgués en proceso de reconstrucción) vio a las colectivizaciones como un mal menor que en los primeros momentos evitó el colapso y el caos social, pero también era consciente de que suponían una seria amenaza para sus planes de restauración del capitalismo “democrático. Una vez conseguida la victoria en la guerra civil, las propiedades debían volver a manos de sus antiguos propietarios. Desde el primer momento y teniendo en sus manos, intacto, el sistema financiero, dificultó los créditos para controlarlas y obligarlas a retroceder.

El anarcosindicalismo, hegemónico en el movimiento obrero de Catalunya y con una muy fuerte presencia en el resto del estado (y del campesinado pobre y sin tierra) jugó un papel fundamental en la evolución del proceso revolucionario. Sus militantes, empujados por la realidad, se vieron abocados a renunciar a sus principios antiautoritarios y antiestatalistas para llevar a cabo la revolución. Paradójicamente y pese a sus prejuicios, fueron los más activos creadores de los comités, defendiendo frente a sus adversarios en el bando antifascista, lo esencial del marxismo. Las revoluciones siempre son autoritarias, en tanto en cuanto unas clases sociales imponen a otras un nuevo modelo de sociedad y de sistema productivo. Durante los meses de su existencia los comités funcionaron como verdaderos Estados obreros en miniatura (la dictadura del proletariado). Mientras por arriba sus dirigentes rechazaban el poder, por abajo era ejercido sin paliativos por sus propias bases. Los militantes libertarios no despreciaron tomar medidas autoritarias y coercitivas para defender y llevar más lejos la revolución. Tomar el poder era renunciar a sus principios más sagrados. Eso es lo que afirmaban sus dirigentes. Pero eso no les impidió más tarde formar parte de la Generalitat y del gobierno republicano central.

El carácter espontáneo de los comités y su obra colectivizadora, pone en evidencia la profunda naturaleza anticapitalista (¡y socialista!) de la revolución española, frente a todos aquellos que prefieren mirar hacia otro lado y hablar sólo de guerra civil, o de guerra entre el fascismo y la república, o bien teorizan una supuesta revolución burguesa sin burguesía, que sólo había sido rebasada temporalmente por algunos sectores exaltados (los capitalistas estaban con Franco y hacía tiempo que habían abandonado a la República, por su incapacidad para sofocar el movimiento revolucionario).

Tampoco hay que caer en el lado opuesto, el de los que idealizan una revolución hasta hacerla incomprensible. Los comités y su obra no fueron el reflejo de una conciencia revolucionaria madura entre el grueso de la clase obrera, a pesar de que las ilusiones en el orden republicano hacía tiempo que estaban agotadas. La acción espontánea de los trabajadores fue consecuencia del vacío de poder (el derrumbe y el descrédito de las instituciones gubernamentales republicanas) y de la huida de la burguesía. La reacción fue en gran parte instintiva para la mayoría del proletariado. Sólo una minoría organizada veía con más o menos claridad lo que estaba pasando, pero tampoco ellos tenían claro qué era lo que se debía hacer.

Los comités se formaron por lo general con los militantes de las organizaciones obreras de la localidad (en muchos casos se añadieron elementos pequeño burgueses republicanos). El crisol de las circunstancias en las que habían surgido impidió (o dificultó enormemente su democratización). La democracia quedó relegada en las poblaciones más importantes al final de la guerra, y tan solo en algunos pueblos de menor tamaño se dieron pasos con esta orientación (los militantes estaban mucho más en contacto con la población). En estos casos los problemas cotidianos eran discutidos por la asamblea de la comunidad y no sólo por los miembros de los comités. Éstos, a menudo representaban la correlación de fuerzas que existía en la localidad, aunque se respetaba a las minorías que siempre estaban representadas (25).

La gran tragedia de los comités y de su obra, es que, mientras los trabajadores y su vanguardia organizada dieron sobradas muestras que estaban dispuestos a llegar hasta el final en la revolución social, ninguna de las organizaciones obreras, ni siquiera las más radicales, estaban dispuestas a asaltar los cielos.

Barcelona, 30 de mayo de 2016

Enric Mompó

___

(1) Vicenç Guarner. “L’aixecament a Catalunya i la guerra civil (1936-1939)”, pág. 73.

(2) Antonio Escofet. “El 19 de juliol”, Documents n.º 10.

(3) Vicenç Guarner. Op. Cit. Pág. 67-68.

(4) Ronald Fraser. “Recuérdalo tú y recuérdalo a otros”, Tomo I, pág. 73-74.

(5) Abel Paz. “El proletariado en armas”, pág. 352.

(6) Felipe Díaz Sandino. “diario original” (no publicado), pág. 127-129.

(7) Jaume Miravitlles. “Episodis de la guerra civil espanyola”, pág. 69.

(8) Albert Pérez Baró. “30 meses de colectivismo en Cataluña”, pág. 43-44.

(9) El Partit Comunista de Catalunya, la Federación Catalana del PSOE, la Unión Socialista de Catalunya y el Partit Català Proletari acordaron acelerar el proceso de unificación que estaba en marcha desde hacia varios meses. Sin ningún tipo de congreso de las bases que lo sancionara y de forma improvisada el 24 de julio se constituyó el PSUC.

(10) Manuel Cruells. “La revolta de 1936 a Barcelona”, pág. 231.

(11) Juan García Oliver. “El eco de los pasos”, pág. 186.

(12) Rudolf de Jong. Comunicación presentada en el I Congreso de historiadores celebrado en Tarragona sobre la República y la Guerra Civil. Abril de 1981.

(13) Rudolf de Jong. Op. Cit.

(14) Burnett Bolloten. “La revolución española”, pág. 520-521.

(15) Manuel Cruells. “De les milícies a l’Exèrcit Popular a Catalunya”, pág. 31-32.

(16) Diego Abad de Santillán. “Porque perdimos la guerra” pág. 96.

(17) Felipe Díaz Sandino. Op. Cit. pág 139-141.

(18) Victor Alba. “El obrero colectivizado”, pág. 71 (libro no publicado).

(19) Raymond Carr. “La tragedia española”, pág. 114.

(20) Victor Alba. “La revolución española en la práctica”, pág. 23.

(21) Victor Alba. “El obrero colectivizado”, pág. 73.

(22) Victor Alba. Op. Cit. pág. 62.

(23) Victor Alba. Op. Cit. pág. 63.

(24) Manuel Cruells. “La revolta de 1936 a Barcelona”, pág. 218-219.

(25) John Brademas. “Anarcosindicalismo y revolución en España”. pág. 187.

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