Sobre la Historia Post-Social

Desde hace varios años, remontándonos no más allá de quizás la segunda mitad de la última década del XX, en los márgenes de lo que Hobsbawm ya no consideraba precisamente como siglo XX por motivos que en su justa medida son importantes hacer mención en este artículo, se fue fraguando la forma concreta de una aplicación post-estructuralista en el estudio de la Historia. Sin embargo, una mirada atenta a la producción de textos y discursos de nuestros compatriotas de disciplina, que no correligionarios, nos permite percibir que éstos nunca han acabado de comprender del todo bien el alcance (en lo que se incluye la implícita limitación) intelectual del movimiento ecléctico conocido como posmodernismo; y a este hecho es irónico que fuera Michel Foucault, abanderado semi-rojo de la misma, declarara en una de sus obras que: “la Historia nunca se ha llevado demasiado bien con la Filosofía de la Historia” hasta el punto de no llegar a entenderla.

Como rezaba un anónimo, “casualidad es uno de los nombres de Dios”, así que muerto el perro muerta la rabia, y aunque la explicación del proceso ayudaría a dar una perspectiva mucha más completa del problema metodológico y finalista de la situación de la disciplina histórica en la actualidad, nos saltaremos estas formalidades. A la derecha académica, cualquiera que sea su vertiente histórica concreta, pero derecha, nunca ha acabado de sentirse demasiado cómoda con la historiografía de cuño marxista. Aunque hay que reconocer que, exceptuando las palmaditas auto-satisfactorias que se daba la Escuela de Annales a partir de su 2a generación de Eclécticos Anónimos con un cierto regustillo amargo a determinismo economicista de consolación marxista (Annales es a la Historia lo que Keynes a la economía), los historiadores marxistas llegaron a realizar los análisis más brillantes y frescos a lo largo de las décadas de los 50, los 60 e incluso los 70. Pero cuando apareció entre ellos la figura de Edward Thompson y la introducción del análisis cultural sin perder de vista la perspectiva de clase (algo a lo que últimamente se ha acogido incluso Fontana), descubrieron el lingote de oro ardiente al que agarrarse. Porque permitía la virtual separación de la condición objetiva de clase social y conciencia de clase; y es que una de las afirmaciones de Thompson era. “no hay clase sin conciencia de clase”.

Hemos intentado utilizar como referencia uno de los artículos programáticos de este tipo de historiografía. Su autor, Miguel Ángel Cabrera, profesor universitario, lo publicó en un conjunto más amplio que da forma a un libro que salió el 2007 y que versa en torno al debate historiográfico que se inauguró a partir de lo expuesto más arriba. Al final les daremos la referencia para que puedan encontrarlo ustedes mismos, pero lo cierto es que serán dos horas de pérdida de tiempo. 26 páginas divididas asimétricamente entre lo que se supone tópos koinós y ejemplos cada vez más ridículos.

Sin embargo seremos honrados: no vamos a entrar a discutir en lo esencial, y aceptaremos de modo provisional y en forma de duda metodológica su premisa más importante: “las categorías mediante las cuales se aprehende la realidad no son representaciones culturales o simbólicas de la misma, sino que constituyen entidades históricas de naturaleza específica” lo que en esencia viene a afirmar que no existen categorías ontológicamente absolutas. A partir de aquí se propone un primer nivel de investigación: “La primera cuestión que habría que tener en cuenta, a este respecto, es que dichas categorías emergen no como resultado de la existencia de los fenómenos reales a los que hacen referencia, sino más bien de la interacción entre esos fenómenos y otras categorías previamente existentes” Lo cual de nuevo podría ser perfectamente aceptable, por cuanto Foucault realiza un estudio en este sentido en su Genealogía del Racismo; o se podría argumentar que la motivación primera de Marx como hegeliano de izquierda era la contradicción entre Hegel y la realidad social de opresión. Pero a Cabrera no le sirve sólo con quedarse en cuestiones puramente metodológicas, o del ámbito de la filosofía de la historia, por lo que nos propone retrotraernos a un modelo precisamente hegeliano en sus formas. Usaremos para ilustrarlo uno de los muchos ejemplos que salpican el artículo: “La categoría de naturaleza humana o individuo nació como consecuencia de la necesidad de dotar de nuevos principios ontológicos a las relaciones e instituciones humanas tras el resquebrajamiento de los principios anteriores, de carácter religioso, provocado por las guerras de religión” Lo que casi nos deja en el panorama de alguien que considera que los destrozos de una guerra por no saber demasiado bien la situación de Cristo en la ostia no pueden explicarse por la maldad de Dios, sino que es necesario hablar de la maldad del Hombre. Así que los avances históricos representan en realidad casi un paseo en barca dialéctico de ideas que no se corresponden; lo que al final nos deja con Hegel mal entendido junto con lo más rancio de Popper (si es que existe tal diferencia en Popper).

La verdad sería un placer para mi continuar exponiendo más ejemplos por los cuales este artículo y lo que representa no debiera tomarse en demasiada consideración, por ahora; pero la limitación de espacio me lo impide. A grandes rasgos mi principal crítica metodológica apunta directamente al ilegítimo establecimiento de una dicotomía entre discurso y productor de discurso, porque lo tiene y no es algo que parezca traslucirse en el artículo de Cabrera. Sí es una cuestión que la tenía muy clara Foucault, que en su sui generis versión del poder, éste permitía ser la piedra clave que volvía inteligible los discursos históricos.

Al final sólo queda retomar el mismo leivmotiv que al inicio del artículo, y es que los historiadores no entendemos de filosofía de la historia, lo que sólo conlleva más que problemas que fácilmente podríamos evitarnos. El posmodernismo establece una duda metodológica, lo que dista mucha de ser un método en estricto sentido positivo; la resolución de tal duda apunta a un fuero interno que, como lo demás, acaba apelando a un conjunto múltiple de variables vitales. La guerra de la derecha por desacreditar al marxismo en sus manifestaciones disciplinares ha abierto un nuevo frente, y toca presentar batalla de nuevo.

Para el artículo:

http://www.contemporaneaugr.es/files/Capitulo_MiguelACabrera.pdf

Jorge de Burgos

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