El (in)grato trabajo de producir trabajadores

“No deberíamos suponer que aquéllos que no perciben salario, que trabajan fuera del contrato social estipulado por un sueldo, no son “nada” ni que actúan y se organizan desde una posición carente de poder social.”

Silvia Federici

 

Llega el primero de mayo y desde organizaciones, sindicatos y partidos se nos llama a salir a la calle a manifestar por los derechos de lxs trabajadorxs. Cuando pensamos en trabajadorxs muchas veces la primera imagen que nos viene es la de un obrero, sin embargo la mayor parte de los componentes de la clase trabajadora no responden a este perfil, más bien al contrario; la mayoría no son asalariadxs y además son mujeres. Son ellas las que más trabajan porque llevan sobre sus hombros, independientemente de si además trabajan “fuera de casa”, la responsabilidad de la reproducción de la clase obrera: el llamado trabajo reproductivo o de cuidados.

La fuerza de trabajo no es natural, hay que producirla. Producir o reproducir la clase obrera incluye toda una serie de actividades: comprar la comida y cocinarla, limpiar la casa, criar a lxs hijxs, ocuparse de los parientes dependientes (personas mayores o enfermas). En general estas actividades conllevan una parte material (como cortar y pelar verduras para cocinarlas) y otra inmaterial o afectiva (como coger la mano a un hijo mientras se duerme). Sin este trabajo no sería posible el trabajo productivo.

De hecho el trabajo reproductivo es la cara oculta del trabajo productivo. En el estado español, según el INE ellas realizan un trabajo doméstico que si se mercantilizara sería equivalente al 27% del PIB, eso valorándolo a 4 euros/hora. Pero hay diferencias. Una es el género. La gran mayoría de personas que realizan el trabajo reproductivo son mujeres, especialmente el cuidado de menores y de personas mayores. Otra es la gratuidad. El trabajo reproductivo, en la gran mayoría de los casos, no está remunerado. La falta de salario es un arma de control que sirve para hacer a las mujeres dependientes generalmente de un hombre que es el único que gana un salario que da para vivir.

Finalmente los beneficiarios son distintos. El trabajo productivo beneficia directamente al capital. El trabajo reproductivo a la familia dependiente de la mujer e indirectamente al capital y al estado. Ninguno puede subsistir sin trabajadores, han creado una organización social que se los proporciona y mantiene en buen estado al coste más bajo posible. Esta se basa en la división sexual del trabajo y la no-remuneración de la reproducción.

La división sexual del trabajo, es decir la concentración de mujeres en determinadas actividades y puestos siempre ha dejado los trabajos peor pagados, más precarios y peor considerados en manos femeninas. Las mujeres siempre ganan menos, incluso cuando realizan exactamente el mismo trabajo que un hombre. No se es bien recibida cuando la empresa exige disponibilidad total. No es fácil incorporarse al mercado cuando tienes que hacer otra jornada al llegar a casa, ocuparte de los críos y llevar al abuelo al médico. Siempre las mujeres lo han tenido negro para incorporarse al mercado laboral en igualdad de condiciones. Y en este momento de crisis las cosas no podían más que ir a peor, con un paro galopante y un desplome de las condiciones laborales. El volumen de trabajo de cuidados a solucionar en casa va en aumento: los servicios públicos que ofrecía el estado más o menos gratuitamente están siendo poco a poco privatizados. A este cambio dan respuesta las mujeres, incluso aunque ellas trabajen y el marido o compañero esté en el paro. Con este nivel de precariedad y pobreza no ha de sorprender un aumento de la violencia de género reflejo de la brutal violencia estructural que nos golpea.

Para hacer frente a esta situación es imperativo reconocer y visualizar la función del trabajo reproductivo en el mantenimiento del sistema no solo patriarcal sino también capitalista. Es necesario incluir el aspecto reproductivo siempre que se trate el trabajo productivo: no se puede entender el uno sin el otro. Nos han forzado a adaptarnos a una organización del trabajo que está basada en la asunción de que lxs trabajadorxs son hombres y que tienen mujeres en casa ocupándose de las tareas. Y lo mismo sucede con la actividad política: es necesario reorganizarnos para que la lucha no dependa de la mano de obra gratuita y no reconocida de las mujeres y de su deserción de la política.

Para recuperar a las mujeres es esencial exigir un reparto no solo del empleo sino también del trabajo reproductivo. Hay trabajo para todas, lo que no hay es salarios para casi nadie. Es de justicia que los hombres se hagan cargo de la parte de cuidados que les toca, así como avanzar hacia su socialización, frente a la privatización y mercantilización que nos imponen. Estas reivindicaciones no pueden desligarse de otras luchas ligadas a la organización social del trabajo reproductivo: el control de la sexualidad, del cuerpo y de la reproducción. Es necesario que las organizaciones políticas de izquierda se planteen estas reivindicaciones como un eje de lucha principal y no exclusivo de las organizaciones feministas.

Finalmente es necesario crear nuevas formas de cooperación y autogestión del trabajo reproductivo por todxs y para todxs. Reproducir humanxs es una tarea intensiva que nos puede destruir en el proceso, como está pasando con tantas mujeres que se encuentran en crisis permanente y por ello debe realizarse de manera colectiva. El trabajo reproductivo es un arma de doble filo, porque no reproduce simplemente niñxs, compañeros y comunidades, sino que también nos reproduce como presentes y futurxs trabajadores, presentes y futurxs explotadxs por el capital. La reproducción es para el capital y el estado pero también para la vida y potencialmente reproduce nuestra revuelta en contra de ser reducidos a fuerzas de producción, es decir nuestra propia lucha de emancipación como mujeres y como clase obrera.

 

Inés Torres

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