¿Unidad? sí, pero ¿qué unidad?

«Ser de izquierda es, desde que esa clasificación surgió con la Revolución Francesa, optar por los pobres, indignarse ante la exclusión social,  inconformarse con toda forma de injusticia o, como decía Bobbio, considerar una aberración la desigualdad social.»
Frei Betto

Repetidas veces a lo largo del día escuchamos o leemos en reuniones, artículos, foros de discusión, etc que el problema de la izquierda es que está dividida y que “con la que nos está cayendo” es aún más necesario, si cabe, buscar y trabajar por su unidad. Asociamos el término “izquierda” a las opciones políticas que propugnan el cambio político y social, y cuando nos referimos a su unidad, a la de “la izquierda”, pensamos en las diferentes organizaciones que van desde la izquierda democrática, la izquierda revolucionaria, el anarquismo, movimientos sociales,… y como no, a los sindicatos. Raras veces nos pensamos a nosotras mismas como parte integrante y constitutiva de esas organizaciones.
Se reclama la unidad de las distintas organizaciones de una forma abstracta y tendencialmente superficial, como una suma de siglas vacías. Se le da más importancia a compartir un espacio común en una manifestación (o en unas elecciones) que a abordar cuales son realmente los puntos comunes (y consecuentemente las diferencias) entre los integrantes de las diferentes organizaciones “de izquierda”. Para ello se imponen dos condiciones fundamentales.
La primera es un mal entendido principio de no agresión que resulta en la imposibilidad de señalar el papel que juega cada organización para luchar contra la desigualdad social, tarea que decimos compartir. La segunda pasa por aceptar ser partícipes de un discurso sin tener que justificar si somos capaces de sostenerlo en nuestra práctica cotidiana.
Esta forma de construir esa pretendida unidad, lejos de acercarnos a ella, más tarde o más temprano, retrasa su llegada. Y es que lejos de construirse en la base y con la base, se convierte en una toma de acuerdo entre direcciones.
Solo así pueden entenderse las contradicciones que aparecen entre los discursos que defienden nuestras organizaciones sindicales en las movilizaciones y las actuaciones de algunos de los delegados de esas mismas organizaciones ante los conflictos laborales que sufrimos. Si bien en las primeras (las organizaciones) son capaces de firmar manifiestos que aseguren que esta crisis no la pagaremos los trabajadores, en la realidad de cada día sus delegados firman rebajas salariales, EREs,… anteponiendo la negociación a la confrontación. Es en este terreno, en el de la práctica, en donde lejos de unirnos para disputar la batalla a nuestro enemigo de clase, aparecen las disputas y los ataques entre las diferentes posiciones que se defienden realmente desde cada sindicato:
Paz social vs lucha de clases.
Si bien es necesario mantener presente, para no engañarnos a nosotros mismos, que las divisiones dentro de los trabajadores no aparecen porque algunos lo digamos. Están ahí, las reconozcamos o no. Hemos de ser conscientes de que el capitalismo es un sistema en el cual los trabajadores compiten entre sí a menos que estén organizados como clase. Así pues, para superar la contradicción entre ellos, los trabajadores deben organizarse
y actuar como una fuerza colectiva, lo cual tiene un doble objetivo, parar la competencia entre ellos y que esto permita competir con el capitalista.
Esta fuerza colectiva no se construye a base de discursos, ni tan siquiera por el hecho de caminar juntas en una manifestación, aunque puede ser de ayuda. Esta unidad se construye cada día en cada centro de trabajo, en cada asamblea de trabajadores, en cada reunión de comité o en cada asamblea de barrio. Y siempre se construye enfrente de quien nos explota, nunca poniéndonos en su mismo lado. Se construye con la huelga de Panrico, con la de limpieza y jardinería de Madrid, con los paros de CLH,… Se construye promoviendo que los trabajadores y las trabajadoras se unan para luchar por sus derechos, al margen de las siglas a las que estén afiliados. No se construye convocando asambleas para medir cuantas concesiones están dispuestos a asumir nuestros compañeros, anteponiendo la negociación a la confrontación o metiendo el miedo a nuestras compañeras para que acepten las nuevas condiciones que les pretenden imponer como solución menos mala a su situación. En definitiva, no se construye promoviendo escenarios que nos lleven a competir entre nosotras en lugar de contra nuestro enemigo de clase.
Quien este leyendo este artículo es probable que lo interprete como una crítica exclusiva a CCOO y UGT. Si bien lo es, en tanto en cuanto que los dirigentes de ambas organizaciones han hecho de todo lo que aquí se critica su modus vivendi, pretende ir más allá. No solo porque en el interior de estos sindicatos convivan afiliados y delegados que se niegan a asumir el modelo sindical que les imponen sus direcciones, o porque no sería difícil encontrar prácticas similares en los sindicatos alternativos. Si aceptamos que ser de izquierdas implica luchar contra la desigualdad social, como señalaba Frei Betto, implica también luchar contra el capitalismo que la fomenta y la acrecienta. Esto supone necesariamente implicarse en la construcción de esa fuerza colectiva, de esa unidad de clase que nos permita superarlo, como una de las tareas irrenunciables de quienes nos definimos
de izquierdas y por ende, de nuestras organizaciones.

José A. Sánchez

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