A PROPÓSITO DE LA PROPUESTA DE MODIFICACIÓN DE LA LEY DEL ABORTO

La propuesta de modificación de la ley de interrupción voluntaria del embarazo de Gallardón ha soliviantado el ámbito de la izquierda y específicamente el que conforma el movimiento feminista del estado español (y de fuera de éste). Y lo ha hecho con razón. La modificación supone partir de una base profundamente reaccionaria, es decir de la imposición de la visión religiosa del embarazo y la concepción para imponerla a todo el conjunto de la población. Población que según datos de El País se declara mayoritariamente en contra de esta modificación de la ley, incluso entre creyentes de fe católica y votantes del PP.

La ley del aborto es todo un símbolo de la lucha por la liberación de la mujer. Fue el estandarte de la revolución sexual que lo impregnó todo en los años setenta quizás porque por una vez se ponía en tela de juicio que los derechos de las mujeres tuvieran que pasar por detrás de todos los demás. Modificar la ley del aborto es atacar frontalmente a todo el movimiento, dar una patada a un hormiguero. ¿Por qué se busca este enfrentamiento? Varias razones se perfilan en el horizonte, más allá de la particular partida de ajedrez político de Gallardón, más allá incluso de si la propuesta se viene
abajo, como se puede inducir por los recientes ataques provenientes del mismo PP. Las razones que nos interesan son más profundas que de lo que parece: para poder reaccionar apropiadamente es necesario analizar la situación en un contexto más amplio.

La reforma en contexto
Antes de nada hay que tener en cuenta que el sistema que queremos destruir no es sólo capitalista, es patriarcal. La misma crisis que sirve para  estabilizar el sistema capitalista y aumentar las ganancias de la clase dominante borrando de un plumazo los maltrechos derechos de la clase trabajadora sirve también para reforzar la opresión de sexo. En tiempos de crisis el trabajo remunerado de las mujeres se vuelve más precario y peor pagado. Aumenta la proporción de mujeres que trabajan a jornada parcial por no tener otra opción. Lo que no provoca una disminución de la carga de trabajo, porque al mismo tiempo aumenta, de manera mucho más aguda, la carga de trabajo no remunerado, entiéndase trabajo reproductivo y trabajo de cuidados de la pareja y de parientes dependientes por edad o enfermedad una vez que los servicios estatales que cumplían esta función se privatizan o desaparecen. Aumenta así mismo el paro femenino entre otras cosas porque esos sectores (salud, educación, etc.) emplean mayoritariamente
a mujeres. Aumenta la pobreza femenina. La división sexual del trabajo se refuerza. Esta pérdida de status generalizado de las mujeres se ve reflejada
en una pérdida de derechos sociales, jurídicos, etc. de lo cual es un ejemplo la propuesta de reforma del aborto de Gallardón. La reforma de la ley del aborto es un paso agigantado hacia ese objetivo de hacer de las mujeres seres al servicio (gratuito) de otros, listas para trabajar en los peores trabajos, por el peor salario; seres sin práctica política ni expresión pública y sin capacidad de decisión ni sobre su propio cuerpo.
Por otra parte, si la derecha se permite enfrentarse a todo el movimiento feminista es por su terrible debilidad, más allá de la desmoralización generalizada en la izquierda. El o los feminismos se encuentran en profunda crisis desde hace décadas.
Su práctica ha ido desapareciendo y los debates se han centrado en la academia, con una peligrosa tendencia a la institucionalización que parte de la convicción de que la igualdad formal ofrece las condiciones necesarias y suficientes para el verdadero disfrute de los derechos por parte de las mujeres, impidiendo todo avance verdaderamente emancipador. Sin mencionar la cooptación de una buena parte del movimiento hacia una vertiente neoliberal y reaccionaria. Con muy honrosas excepciones, el movimiento feminista se ha ido alejando de su base y de una crítica radical sistémica. Consecuencia
de ello es que la conciencia de la opresión de género y la concepción del feminismo como movimiento de liberación es cada vez más escasa entre las mujeres más jóvenes.
O que si la indignación popular por la propuesta ha sido mayoritaria, la respuesta en la calle ha sido minoritaria y militante. Algunas reflexiones que pueden servir a la práctica La modificación de la ley es un ataque que puede ser una oportunidad. La agresión que supone la propuesta de ley de Gallardón dinamita la creencia popular de que en materia de derechos de la mujer ya está todo hecho, restando eficacia a una propaganda que afirma que el movimiento feminista ya no tiene razón de ser. Esta toma de conciencia de una parte de la población especialmente de las más afectadas, mujeres jóvenes, aun siendo superficial puede facilitar la reflexión sobre la necesidad de continuar la lucha feminista, desde la raíz. Y para que esa reflexión sea realmente liberadora, es necesario que incluya un análisis económico y de clase que el feminismo institucionalizado y/o neoliberal no puede asumir.
Es urgente profundizar el análisis sobre la división sexual del trabajo, el rol de la reproducción para el capital, de la unión entre patriarcado y dinámicas de acumulación capitalista…
Y es necesario darle la importancia que se merecen cuestiones como la sexualidad, el rol de la familia, la violencia de género, la construcción del género y la heterosexualidad normativa…
Porque eso también es, asumámoslo, política. Y a fin de cuentas son algunas de las cuestiones fundamentales que conciernen al proletariado, cuya proporción de mujeres va en aumento, sean estas nacionales o migrantes.
El género influye en la composición social de la fuerza de trabajo y en la subjetivación política como clase. La clase tiene sexo y que hombres y mujeres no sufren la explotación del mismo modo. Por tanto tampoco han de ser necesariamente iguales las estrategias de resistencia a esa explotación. Del mismo modo hombres y mujeres no internalizan igual las relaciones de poder y la ideología patriarcal, que se mueve en un plano que no es económico pero que tiene efectos decisivos de un punto de vista político. Sin embargo, nos falta profundizar la crítica marxista en este sentido e incorporar
estas reflexiones a la práctica de nuestras organizaciones políticas. No podemos olvidar que existe un problema de jerarquía entre hombre trabajador y mujer trabajadora, pero también entre hombre militante y mujer militante.
En nuestro análisis es necesario dejar de lado las simplificaciones fáciles o la reducción de la cuestión de la opresión patriarcal a una simple cuestión de jerarquía de opresiones. Lo interesante no es saber si la contradicción entre capital y trabajo es la más importante o principal o al revés, sino más bien comprender la forma en que las dos están imbricadas en las relaciones de producción capitalista y en el conjunto de relaciones de poder del capitalismo. Es nuestra responsabilidad como revolucionarios, como revolucionarias hacer este análisis sin abandonar un enfoque materialista. Traigamos la reflexión feminista y sus contradicciones a nuestras organizaciones, anudemos lazos con los grupos feministas que faciliten
el debate desde el respeto. Porque ya hace años que sabemos que la revolución será feminista… o no será.

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