¿Sindicalismo de clase?

Son numerosas las críticas que en los últimos tiempos se vierten sobre la dirigencia de los sindicatos, especialmente sobre el sindicalismo oficialista de CCOO y UGT, si bien, la mayoría de ellas no pasan del cuestionamiento del (mal) uso que hacen de su representatividad. Ya sea por no convocar huelgas generales, por huir de la confrontación aceptando continuas concesiones a los empresarios en contra de los trabajadores, por la corrupción en sus aparatos burocráticos o por la continua fragmentación de las luchas existentes, a pesar de tener todas ellas su origen en el propio sistema socio-económico.

Si bien todas estas críticas son legítimas por responder a la realidad objetiva(aunque superficial), esta cuestión merece una reflexión más profunda. ¿Cómo es posible que el análisis crítico del sindicalismo hecho por la izquierda consecuente coincida con el hecho por sectores de la derecha, cuando estos objetivamente defienden los intereses del capital? A pesar de que todavía hay quien insiste en defenderlo, está demostrado que el modelo sindical actual no es válido para defender los intereses de clase de los trabajadores, como ha dejado ver más fehacientemente la actual crisis económica. Sin embargo, es necesario indagar en las causas de su invalidez, puesto que las críticas antes mencionadas son aquellas que el sistema es capaz de asumir, por tanto, no basta con corregirlas para hacerle frente. Por otro lado, que aquellos que defienden los intereses del capital insistan en acabar con el sindicalismo, es sinónimo de que hay algo en el movimiento obrero organizado en base al trabajo, que todavía les preocupa.

El problema del sindicalismo en el estado español, de lo que no se escapa Tarragona, lugar que nos ocupa, va mucho más allá de todas estas cuestiones, que son en nuestra opinión consecuencias y no causas de la crisis del sindicalismo. Para que nuestra crítica contribuya a crear las condiciones propicias que permitan superar este “viejo” sindicalismo es necesario cuestionar la propia necesidad de existencia de las organizaciones sindicales, la cual es indivisible de la contradicción capital/trabajo, junto con el marco político del Parlamento. Este último está dominado por la fuerza extraparlamentaria del capital (István Mészáros), quien le impone las reglas del juego parlamentario. Este hecho, que la socialdemocracia se resiste a admitir, se demuestra en un capitalismo globalizado como el actual en que cualquier intento de “controlar” al capital desde el Parlamento se traduce en rebajas del rating por parte de las agencias de calificación, incremento de la deuda, deslocalización de empresas,… y el consecuente hundimiento de la economía del estado.

Una de estas reglas del juego parlamentario establece, como si se tratase de un hecho natural, la división entre el ámbito laboral y el ámbito político, lo que ha llevado al movimiento obrero a una articulación organizativa diferenciada en sindicatos y partidos políticos. De esta forma el ámbito laboral, a través de los sindicatos, ha quedado relegado de la acción política directa y ve su acción restringida a luchar por mejoras salariales limitadas. Por su parte, la acción política queda limitada, en el marco del Parlamento, a plantear reformas integrables dentro del orden establecido. Esta división no es casual y favorece a los intereses del Capital que, alejando la acción política de los centros de trabajo, consiguió la renuncia a la necesidad de adquirir el control de los medios de reproducción social por los propios trabajadores, condición sine qua non para superar la contradicción fundamental del sistema capitalista, la que se da entre los propietarios de los medios de producción y aquellos que, por no disponer más que de su fuerza de trabajo, han de venderla por un salario para poder existir.

Las crisis económicas como la actual, ponen en entredicho el orden establecido, que ya no puede lograr cumplir las promesas que le servían de justificación. Sin embargo, dado que las manifestaciones inmediatas de las crisis son económicas: inflación, desempleo, cierre de empresas, colapso del sistema financiero,… La presión que ejercen estas sobre la sociedad lleva, inevitablemente, a plantear la búsqueda inmediata de respuestas económicas urgentes al mismo nivel de estas manifestaciones: “apretarse el cinturón”, “aceptar sacrificios necesarios”, “crear empleo real”, “incrementar la productividad”,… Todo ello sin entrar a cuestionar las causas sociales de la crisis. Así, la respuesta económica de lo que se necesita hacer y de lo que se puede hacer ante las circunstancias de emergencia económica, surge dentro del marco de las premisas sociales y los límites estructurales del orden establecido y llevan, cruel ironía, a la revitalización del capital. No puede esperarse que una crisis sistémica, incluso siendo tan profunda como la actual, mueva de manera espontánea a los trabajadores y trabajadoras a luchar de forma consecuente por sus intereses como clase. Es necesaria la organización y la búsqueda de una estrategia viable y combativa del movimiento laboral.

Es a partir de esta reflexión que hemos de realizar el análisis crítico del papel de nuestros sindicatos de clase. La fuerza del capital no puede ser derrotada mediante la aceptación de las reglas del juego parlamentario que el mismo nos impone, lo que implica un cambio en la forma de entender y articular el ámbito laboral y consecuentemente sus organizaciones de clase, los sindicatos. Es necesario romper con esta división impuesta entre base social y acción política. Esto no se consigue acortando la distancia existente entre el ámbito laboral y el ámbito político como se pretende en la actualidad a través de numerosas propuestas de corte socialdemócrata, planteando como radicales soluciones que, en lugar de ir a la raíz del problema, se quedan a medio camino sin cuestionar realmente las estructuras impuestas por el capital y aceptando entrar a formar parte del juego que este nos sirve en pos de un inalcanzable capitalismo organizado/controlado según nos ha demostrado nuestra propia experiencia histórica. Es necesario fundir ambos, ámbito laboral y ámbito político, en uno sólo y concienciar a los trabajadores y trabajadoras de su responsabilidad para conseguir una transformación social cualitativa.

Bajo el marco político parlamentario, el sindicato, como organización de la clase en el ámbito laboral, está llamado a jugar un papel fundamental para superar la explotación del hombre por el hombre. Para ello es necesario desarrollar un sindicalismo dispuesto a romper las reglas impuestas por el capital, que debe transferir sus aspiraciones a los trabajadores y trabajadoras en forma de poder de toma de decisión efectivo en todos sus niveles, incluido el económico. En esta línea, el brasileño Fernando Silva escribía en 2008:

“Las luchas salariales y las acciones sectoriales son importantes para despertar la conciencia de clase, pero si no están apuntaladas por un proyecto de poder político, de superación del capital y su régimen, por más radicales que sean, se esfuman en enormes gastos de energía que en general pueden ser relativamente tolerados y asimilados (así como contenidos y reprimidos) por el sistema, si no avanzan para cuestionar el orden, el poder y la propiedad del capital.”

Podemos concluir, pues, que el problema del sindicalismo no es la institución sindical, que en cuánto creación de la clase es incuestionable. El problema radica en la aceptación por parte de sus direcciones de la división entre el ámbito laboral y el ámbito político, lo que les ha llevado a un progresivo divorcio con los trabajadores y trabajadoras y, con ello, a perder su potencial poder en pos de la transformación social. Es necesario desarrollar un movimiento sindical capaz de trasladar su responsabilidad a los trabajadores y trabajadoras, asumiendo que la responsabilidad sin poderes de toma de decisión reales no es más que una imposición desde arriba, impracticable incluso a corto plazo. Que anteponga la solidaridad de clase a los intereses sectoriales. Con hondas raíces en las masas populares, que se oriente más allá del ámbito laboral asalariado, dando cabida en su estructura al trabajo reproductivo, al trabajo de cuidados y a los desempleados, cuyo número está destinado a hacerse mucho mayor en el futuro. Dispuesto a llevar a cabo sus propias iniciativas, basadas en la solidaridad de clase, para disputar el espacio que cubren hoy otras propuestas basadas en la caridad o el asistencialismo. Y que se niegue a integrarse al orden dominante desarrollando estrategias que confronten con el sistema y que cuestionen las divisiones estructurales que este nos impone.

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