A propósito de “Cinco Cámaras Rotas”

Veo un documental sobre palestina, se llama “Cinco cámaras rotas”. Cuenta la historia de un pueblo, de la resistencia de un  pueblo palestino a la ocupación israelí a través de las imágenes de uno de los habitantes del pueblo que se obstina en gravar todo lo que sucede a su alrededor. A pesar de las detenciones, las muertes. A pesar de que sus cámaras, una, dos, tres, hasta cinco son destruidas por las balas israelíes.

A través de la cámara de Erad vemos la construcción de cada vez más colonias, el levantamiento del muro, la desposesión de facto de la tierra y con ella de los derechos básicos de sus habitantes; derecho de manifestación, de expresión, derecho a que un niño de once años no sea detenido, derecho a no ser tiroteado cuando se hace un llamamiento a la calma, derecho a la vida, derecho a la dignidad.
El documental pone a los colonos y a los soldados en su lugar, es decir, en el lugar en el que ellos mismos han decidido situarse. Se puede acusar al documental de ser partidista, siempre se puede pero esta vez seria sin fundamento alguno. No hay razón posible que justifique tales violaciones de derechos humanos.
Las imágenes y los textos son de una extrema violencia, pero muestran con gran delicadeza y dignidad la lucha de este pueblo por la existencia, para la que necesitan la tierra. Su tierra, porque la trabajan, porque la han trabajado durante generaciones, dura tierra mediterránea, seca y pedregosa, que se parece tanto a mi tierra. Tierra de olivos, generosa cuando se la conoce, cuando se la trabaja con cariño, con sabiduría.
A lo largo del documental, que recoge un periodo de cinco años, vemos cada vez más colonias cernirse sobre el pueblo, B’l’il. Además de los enfrentamientos con soldados y colonos, el documental muestra la colisión entre dos mundos completamente distintos: el de los que aman la tierra a través de sus manos, los palestinos labriegos y el de los que la quieren porque así lo dicen los libros, los ultra-religiosos judíos.
Las colonias me recuerdan a mi pueblo costero mediterráneo engullido por el cemento y el ladrillo. Los edificios son colmenas, bloques de varias alturas, traen la ciudad al campo pero sobre todo traen la lógica del estado, la lógica de la ocupación y de la economía liberal. El pueblo de B’l’il sigue siendo (ojala lo siga siendo todavía) un pueblo campesino, con una economía ligada a la producción de aceite y a la agricultura de subsistencia, algo de ganado, poco más.
Las colonias son una estrategia que pretende estrangular económica y moralmente a la población palestina. Son un intento de imposición de la ventaja demográfica judía en una de las regiones más pobladas del planeta. Son también la defensa de la “civilización” deshumanizada, de la modernidad que nos lleva al abismo, de un desarrollismo obcecado e inconsciente, desligado de la economía real, de la realidad local, de las limitaciones existentes, del espacio disponible, del agua, de la tierra.
Israel, quimera sangrienta, sueño visionario, iluminación enfebrecida. Israel estado defensor de los judíos, a defender por encima de todo, por encima, como es evidente a estas alturas, del pueblo palestino y de los derechos humanos, pero también por encima de la propia tierra santa y de sus frutos. La fe mueve montañas: nada, ni la realidad siquiera, podrá detener a Israel y a su terrible
legado.
Cuando los palestinos mantienen su decisión de manifestarse pacíficamente todos los viernes contra la construcción del muro y la proliferación de colonias, cuando deciden hacer como los colonos e instalar una caravana en el territorio robado para que vuelva a ser considerado Palestina, los colonos en represalia queman los olivos. Los olivos que no solo son la subsistencia de los habitantes de B’l’il, son el testimonio del trabajo de generaciones de labradores. Nadie que ame una tierra puede hacer algo así.
Quemando los olivos centenarios, el amor de los colonos por la tierra de Israel se demuestra mortífero. Hay amores que matan, que siguen matando, durante generaciones. ¿Cuándo llegara la mesura a esta tierra? ¿Podrán algún día los colonos amarla menos y respetarla más (a ella y a todo lo que la habita)?
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