¿Unidad Popular o Frente Único?

Según Thierry Meyssan, el primer discurso del nuevo Emperador, llevaba el mensaje implícito de “que todas las decisiones adoptadas desde el 11 de septiembre de 2001 fueron ilegítimas[1]. A casi un mes de la asunción de Trump como presidente de la primera potencia militar del planeta podemos decir que, al menos, ya cumplió alguna de sus promesas. Entre ellas la retirada de EEUU del TPP. Lo que supone un revés para los sectores más globalizadores de la burguesía norteamericana y las pretensiones de las burguesías de pequeños países en ser imperialistas. Las declaraciones de Soros –patrocinador de golpes de Estado e impulsor de un Gobierno Global- sobre Trump, tildándolo de “estafador”, ponen de manifiesto la lucha entre fracciones burguesas. Resta saber qué grado de violencia alcanzarán.

“El sistema proteccionista fue un medio artificial para fabricar fabricantes, expropiar a los obreros independientes, capitalizar los medios de producción y de vida de la nación y abreviar el tránsito del antiguo al moderno régimen de producción[2]. Hace un mes escribíamos: “El aparente final de esta forma [la globalización] que ha adoptado el Imperialismo en ningún caso significa que haya culminado la fase Imperialista entendida como: concentración y centralización de la producción y el capital; fusión del capital bancario con el industrial; predominio de la exportación de los capitales sobre exportación de mercancías; lucha por el reparto de los mercados existentes en el globo terráqueo; reparto territorial entre las potencias imperialistas. Menos aún el final del capitalismo.”“El capitalismo premonopolista –cuyo apogeo corresponde precisamente al octavo decenio del siglo XIX- en virtud de sus rasgos económicos esenciales, que en Inglaterra y en Norteamérica se manifestaban de un modo particularmente típico, se distinguía por un apego relativamente mayor a la paz y a la libertad. En cambio, el imperialismo, es decir, el capitalismo monopolista, que sólo ha llegado a una plena madurez en el siglo XX, atendidos sus rasgos económicos esenciales, se distingue por un apego mínimo a la paz y a la libertad, por un desarrollo máximo del militarismo en todas partes”[3]. Por eso pensamos que las medidas proteccionistas anunciadas por el nuevo inquilino de la Casa Blanca encontrarán ciertos límites inherentes a la fase en la que se encuentra el capitalismo. Habrá que estar atentos al uso que se haga del Estado.

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“En esta globalización todos los globos se revientan”,

cantaba León Gieco en el año 1997.

 

Veinte años después no solo explotan las diferentes burbujas que el Capital Ficticio infla sino la Globalización misma. El aparente final de esta forma que ha adoptado el Imperialismo en ningún caso significa que haya culminado la fase Imperialista entendida como: concentración y centralización de la producción y el capital; fusión del capital bancario con el industrial; predominio de la exportación de los capitales sobre exportación de mercancías; lucha por el reparto de los mercados existentes en el globo terráqueo; reparto territorial entre las potencias imperialistas. Menos aún, el final del capitalismo.

Lo que parece haber muerto definitivamente es el mundo unipolar. EEUU ya no es hegemónico en términos económicos y, desde la derrota en Alepo, tampoco lo es en guerra convencional. Un mundo multipolar parece ser un hecho. Como escribiera hace unas semana el vicepresidente de Bolivia “El desenfreno por un inminente mundo sin fronteras, la algarabía por la constante jibarización de los estados-nacionales en nombre de la libertad de empresa y la cuasi religiosa certidumbre de que la sociedad mundial terminaría de cohesionarse como un único espacio económico, financiero y cultural integrado, acaban de derrumbarse ante el enmudecido estupor de las élites globalófilas del planeta.”1 La Globalización como relato ideológico fue iniciado por Reagan y Thatcher hacia principios de los años ochenta. Casi cuatro décadas después el “meta-relato de la globalización como horizonte político ideológico capaz de encauzar las esperanzas colectivas hacia un único destino que permitiera realizar todas las posibles expectativas de bienestar, ha estallado en mil pedazos2. Y esto no es por la victoria electoral de Trump. El futuro presidente de Norteamérica es una consecuencia de las contradicciones estructurales del sistema capitalista.

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El Poder: un debate pendiente

Sin un partido fuerte,
disciplinado y respetado,
es imposible desarrollar una revolución
o una rectificación verdaderamente socialista.
Fidel Castro

 

Con estas palabras despedimos el 2016. La Historia sigue abierta. El futuro de los Pueblos también.

Un breve repaso por los acontecimientos más importantes nos obligan a recordar que la guerra imperialista en Siria, la guerra económica en Venezuela, el “golpe blando” en Brasil contra Dilma y la vuelta de gobiernos neoliberales en varios países latinoamericanos después de un ciclo “progresista”, el acuerdo de “paz” entre las FARC-EP y el gobierno Colombiano o el silencio informativo sobre lo que está sucediendo en Ucrania, el Brexit, el “no” a Renzi, la derrota de la ultra derecha en Austria –los medios festejan pero silencian que el neoliberalismo seguirá golpeando a los y las trabajadoras-, la alianza estratégica entre China y Rusia que potencia lazos económicos y militares o los diálogos entre Cuba y EEUU. Todos estos acontecimientos condicionados por una profunda crisis estructural del capitalismo. Una crisis cuya salida parece encaminarse a una Guerra Total.

Quedan para el 2017 la materialización o no de las promesas de D. Trump como presidente de la primera potencia mundial: EEUU. Algunos analistas consideran que, de ser llevadas a cabo las promesas proteccionistas, nos encontraríamos a las puertas del fin de la Globalización –en ningún caso con el fin del capitalismo-. Otros, que el futuro presidente se verá condicionado y no podrá realizar cambios importantes por lo que seguirá la política actual. No descartamos una lucha encarnizada entre las diferentes tendencias que conforman el Poder. Habrá que seguir con atención los primeros cien días de mandato.

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